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Presidente Trump: no interfiera en Venezuela | The New York Times | Por EL COMITÉ EDITORIAL 12 de septiembre de 2018


 El 4 de agosto de 2018, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, acudió a un acto que celebraba el aniversario de la Guardia Nacional.   
CreditJuan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images



Estados Unidos no debe involucrarse en golpes de Estado, punto.
Así que es un consuelo saber que el gobierno de Trump optara por no apoyar a los líderes rebeldes en Venezuela que buscaban destituir al presidente Nicolás Maduro; pero sí es inquietante que Donald Trump y sus asesores tomaran la decisión correcta por las razones incorrectas: la falta de confianza en que los conspiradores tuvieran éxito en una operación riesgosa, y no la preocupación por la idea de una intervención en sí misma.
No hay duda de que Maduro es un líder electo de manera ilegítima que ha encaminado a su país hacia un desplome político, económico y social catastrófico. Hubo funcionarios estadounidenses que discutieron la posibilidad de ayudar a destituirlo en tres reuniones que sostuvieron durante el último año con líderes rebeldes —quienes iniciaron el contacto—, como reportó The New York Times el fin de semana.

Pero tener varias reuniones con los conspiradores empieza a parecer una colaboración. Es una noticia que terminaría por filtrarse, como sucedió.Debido a la crisis en Venezuela, no es descabellado que haya diplomáticos estadounidenses que se reúnan con todas las facciones, incluidos oficiales militares rebeldes, para tener el pulso del rumbo del país. Por ejemplo: ¿quién quedaría a cargo en caso de un proceso de transición política? ¿Qué tipo de gobierno aspirarían a instalar?
Y los comandantes rebeldes tenían razones para pensar que los estadounidenses podrían simpatizar con su causa. El año pasado, el presidente Trump declaró que Estados Unidos tenía una opción militar para Venezuela. Marco Rubio, senador republicano de Florida, también ha sugerido que estaría a favor de una acción armada. Desde su cuenta de Twitter, el senador animó a los disidentes de las fuerzas armadas venezolanas a derrocar a su mandatario.
Incluso si Trump se siente tentado a intervenir o actuar militarmente —como sugieren sus declaraciones—, el presidente debería considerar la dolorosa historia de injerencia estadounidense en América Latina y los intentos recientes de interferir en otros sitios para destituir dictadores e instalar democracias.
Durante buena parte del siglo pasado, Estados Unidos acumuló una historia sórdida en América Latina al hacer uso de la fuerza y la astucia para instalar o apoyar regímenes militares y delincuentes brutales con poco interés en la democracia.
Esa “diplomacia de las cañoneras” de principios del siglo XX derivó en el envío de tropas estadounidenses a Cuba, Honduras, México, Nicaragua y otras naciones para erigir gobiernos de acuerdo a la predilección de Washington.
Durante la Guerra Fría, la CIA orquestó, en 1954, la destitución de Jacobo Árbenz, el presidente electo de Guatemala; la invasión en 1961 de bahía de Cochinos en Cuba, y el golpe de Estado en Brasil en 1964. También ayudó a crear las condiciones para que, en 1973, una junta militar en Chile derrocara al presidente democráticamente electo, Salvador Allende.
En años posteriores, Estados Unidos respaldó a los Contras, que enfrentaban a la Revolución Sandinista de Nicaragua (en la década de los ochenta), invadió Granada (1983) y apoyó gobiernos brutalmente represivos en Guatemala, El Salvador y Honduras.
Pocas —si es que alguna— de estas intervenciones puede considerarse que tuvieron un resultado idóneo.





El presidente de Estados Unidos no tiene mucha credibilidad ni buena voluntad para trabajar con la región mientras esta busca una solución a la pesadilla venezolana.

Hay una buena manera de presionar al régimen venezolano: Trump y otros líderes no deben dejar de promover una transición negociada a través del endurecimiento de sanciones enfocadas en Maduro y sus secuaces, quienes han afianzado un sistema autocrático y corrupto. Cuba, que depende de Venezuela por el petróleo y que tiene una buena relación con Maduro, debería ser incentivada a aprovechar esa cercanía. Trump y otros líderes también deben coordinar y ampliar la ayuda para los venezolanos que sufren por la situación en su país.
Es alentador que la Casa Blanca decidiera enviar a las reuniones a un diplomático y no a un miembro de la CIA, lo que habría sido una maniobra más escandalosa. Sin duda, la vía diplomática es preferible a que Estados Unidos intervenga militarmente en otro país, un proyecto que con certeza fracasará de manera miserable.
Sin embargo, gracias a la decisión de Trump de retomar las sanciones a Cuba, de adoptar una postura inflexible sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y su antipatía a los esfuerzos multilaterales, el presidente estadounidense no tiene mucha credibilidad ni buena voluntad para colaborar mientras la región busca una solución a la pesadilla venezolana.
Esta es una situación preocupante porque está claro que Maduro y su visión socialista han sido desastrosos para Venezuela y la región. Maduro debe dejar el poder. El país alguna vez fue uno de los más prósperos de América Latina y tiene las mayores reservas comprobadas de petróleo en el mundo. Pero después de dos décadas de régimen socialista y de una corrupción monumental, la economía está colapsada y la inflación anual puede superar el millón por ciento este año, según el Fondo Monetario Internacional. Los alimentos básicos y medicinas son cada vez más difíciles de conseguir. La crisis humanitaria ha llevado a cientos de miles de venezolanos a huir hacia Colombia, Ecuador, Perú y otras naciones vecinas.
Por lo mismo, aunque la democracia se ha extendido en la mayoría de los gobiernos latinoamericanos en los últimos veinticinco años, hay pocas personas y líderes en la región que protestarían si Maduro fuera destituido.
La participación de Estados Unidos en su derrocamiento, sin embargo, sí atizaría los resentimientos y sospechas regionales hacia Washington. Las noticias de las reuniones le han servido como propaganda a Maduro, quien desde hace tiempo intenta, ridículamente, culpar a Estados Unidos de los problemas de Venezuela.
Es difícil ser optimistas sobre el curso de Venezuela, que muchos expertos predicen terminará colapsando en la anarquía. Aun así, respaldar un golpe de Estado también dificultaría que los estadounidenses se presenten como defensores creíbles de la democracia alrededor del mundo, un esfuerzo que ya ha sido socavado por la desidia de Trump a las normas democráticas en su país y su entusiasmo por algunos tiranos del mundo.

El Comité Editorial representa las opiniones de The New York Times, de su director y de su editor. Está separado del resto de la redacción y de la sección de Opinión.



Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump | The New York Times / OPINIÓN / COMENTARIO 5 de septiembre de 2018


       Delcan & Company


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The New York Times tomó hoy la inusual decisión de publicar una columna de opinión anónima. Lo hemos hecho de esa forma a pedido del autor, un funcionario de alto rango en el gobierno de Trump cuya identidad conocemos y cuyo empleo estaría en riesgo por divulgar esta información. Creemos que publicar este ensayo de forma anónima es la única manera de ofrecer una perspectiva importante a nuestros lectores.
El presidente Trump enfrenta una prueba a su presidencia como la que ningún líder estadounidense moderno ha enfrentado.
No se trata solamente del alcance que puede tener la investigación del fiscal especial. O de que el país esté amargamente dividido respecto del liderazgo de Trump. Ni siquiera de que su partido pueda perder la Cámara de Representantes ante una oposición empeñada en derrocarlo.
El dilema —que él no entiende por completo— es que muchos de los funcionarios de alto rango en su propio gobierno trabajan diligentemente desde adentro para frustrar partes de su agenda y sus peores inclinaciones.
Yo sé que es así. Yo soy uno de ellos.
Para ser claros, la nuestra no es la popular “resistencia” de la izquierda. Queremos que el gobierno tenga éxito y pensamos que muchas de sus políticas ya han convertido a Estados Unidos en un país más seguro y más próspero.
No obstante, creemos que nuestro primer deber es con este país, y el presidente continúa actuando de una manera que es perjudicial para la salud de nuestra república.
Es por eso que muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el cargo.
La raíz del problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma de decisiones.
Aunque fue electo como republicano, el presidente muestra poca afinidad hacia los ideales adoptados desde hace mucho tiempo por los conservadores: libertad de pensamiento, libertad de mercado y personas libres. En el mejor de los casos, ha invocado esos ideales en ambientes controlados. En el peor, los ha atacado directamente.
Además de su mercadotecnia masiva de la noción de que la prensa es el “enemigo del pueblo”, los impulsos del presidente Trump son generalmente anticomerciales y antidemocráticos.
No me malinterpreten. Hay puntos brillantes que la cobertura negativa casi incesante sobre el gobierno no ha captado: desregulación efectiva, una reforma fiscal histórica, un Ejército fortalecido y más.
No obstante, estos éxitos han llegado a pesar del —y no gracias al— estilo de liderazgo del presidente, el cual es impetuoso, conflictivo, mezquino e ineficaz.
Desde la Casa Blanca hasta los departamentos y las agencias del poder ejecutivo, funcionarios de alto rango admitirán de manera privada su diaria incredulidad ante los comentarios y las acciones del comandante jefe. La mayoría está trabajando para aislar sus operaciones de sus caprichos.
Las reuniones con él se descarrilan y se salen del tema, él se involucra en diatribas repetitivas y su impulsividad deriva en decisiones a medias, mal informadas y en ocasiones imprudentes, de las que posteriormente se tiene que retractar.
“No hay manera, literalmente, de saber si él cambiará su opinión de un minuto al otro”, se quejó ante mí un alto funcionario recientemente, exasperado por una reunión en el Despacho Oval en la que el presidente realizó cambios en una importante decisión política que había tomado solo una semana antes.
El comportamiento errático sería más preocupante si no fuera por los héroes anónimos dentro y cerca de la Casa Blanca. Algunos de sus asistentes han sido personificados como villanos por los medios. Sin embargo, en privado, han hecho grandes esfuerzos para contener las malas decisiones en el Ala Oeste, aunque claramente no siempre tienen éxito.
Puede ser un consuelo escaso en esta era caótica, pero los estadounidenses deberían saber que hay adultos a cargo. Reconocemos plenamente lo que está ocurriendo. Y tratamos de hacer lo correcto incluso cuando Donald Trump no lo hace.
El resultado es una presidencia de dos vías.
Por ejemplo, la política exterior. En público y en privado, el presidente Trump exhibe una preferencia por los autócratas y dictadores, como el presidente ruso, Vladimir Putin, y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, y muestra poca aprecio genuino por los lazos que nos unen con naciones aliadas que piensan como nosotros.
Sin embargo, observadores astutos han notado que el resto del gobierno opera por otro camino, uno en el que países como Rusia son denunciados por interferir y sancionados apropiadamente, y en el que los aliados alrededor del mundo son considerados como iguales y no son ridiculizados como rivales.
Por ejemplo, sobre Rusia, el presidente se mostró reacio a expulsar a muchos de los espías de Putin como castigo por el envenenamiento de un exespía ruso en el Reino Unido. Se quejó durante semanas de que altos miembros del gabinete lo dejaban atrapado en más confrontaciones con Rusia y expresó frustración por el hecho de que Estados Unidos continuara imponiendo sanciones a ese país por su comportamiento maligno. Sin embargo, su equipo de seguridad nacional tenía motivos para hacerlo —dichas acciones tenían que ser tomadas, para obligar a Moscú a rendir cuentas—.
Esto no es obra del llamado Estado profundo (deep state) —una teoría de conspiración que afirma que existen instituciones dentro del gobierno que permanecen en el poder de manera permanente—. Es la obra de un Estado estable.
Dada la inestabilidad de la que muchos han sido testigos, hubo rumores tempranos dentro del gabinete sobre invocar la Enmienda 25, la que daría inicio a un complejo proceso para sacar del poder al presidente. Sin embargo, nadie quiso precipitar una crisis constitucional. Así que haremos lo que podamos para dirigir el rumbo del gobierno en la dirección correcta hasta que —de una manera u otra— llegue a su fin.
La mayor preocupación no es lo que Trump ha hecho a la presidencia, sino lo que nosotros como nación le hemos permitido que nos haga. Nos hemos hundido profundamente con él y hemos permitido que nuestro discurso fuera despojado de la civilidad.
El senador John McCain lo dijo de la mejor manera en su carta de despedida. Todos los estadounidenses deberían prestar atención a sus palabras y liberarse de la trampa del tribalismo, con el objetivo mayor de unirnos a través de nuestros valores compartidos y amar a esta gran nación.
El senador McCain ya no está con nosotros, pero siempre contaremos con su ejemplo —un faro que nos guía para restaurar el honor a la vida pública y a nuestro diálogo nacional—. Trump puede temer a los hombres honorables, pero nosotros debemos venerarlos.
Existe una resistencia silenciosa dentro del gobierno compuesta por personas que eligen anteponer al país. Sin embargo, la verdadera diferencia será hecha por los ciudadanos comunes que se pongan por encima de la política, se unan con los adversarios y decidan eliminar las etiquetas para portar una sola: la de estadounidenses.



BBC Mundo | Lo que busca Donald Trump en la gira más larga por Asia de un presidente de Estados Unidos en un cuarto de siglo | Redacción BBC Mundo 5 noviembre 2017

Donald Trump, presidente de EE.UU. y Shinzo Abe, primer ministro de Japón.Derechos de autor de la imagenEPA/FRANCK ROBICHON
Image captionTrump junto a Shinzo Abe, primer ministro de Japón, un aliado de EE.UU. en la región.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se encuentra en Asia, en una gira que lo llevará por cinco países para participar en cumbres regionales. Pero, más allá de los compromisos diplomáticos de su cargo ¿qué busca realmente el mandatario con esos viajes?
En un mundo tan globalizado como el actual, mucho, y si se toma en cuenta el factor Corea del Norte, aún más.
Se trata no sólo de la primera gira oficial de Trump por Asia como presidente de Estados Unidos sino de la más larga por ese continente que haya hecho un mandatario estadounidense en 25 años.
Durante 11 días, se prevé que Trump visite Japón, China, Corea del Sur, Vietnam y Filipinas.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la primera dama, MelaniaDerechos de autor de la imagenAFP/GETTY IMAGES
Image captionTrump empezó su gira con una parada en Pearl Harbor.
Actualmente, el mandatario se encuentra en Japón y en un discurso que ofreció frente a soldados estadounidenses en la base aérea de Yokota, se comprometió a garantizar que los militares cuenten con los recursos necesarios para mantener la paz y defender la libertad.
"Nadie, ningún dictador, ningún régimen debería subestimar la determinación estadounidense", señaló.
El sábado, Trump estuvo en Hawái, donde colocó junto a su esposa, Melania, una ofrenda floral en honor a los caídos en Pearl Harbor durante el ataque japonés que arrastró a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial.
Al analizar lo que buscará el mandatario estadounidense, analistas coinciden en que cuatro temas destacan:

1. Mostrar unidad frente a Corea del Norte

La Casa Blanca ya había dejado claro que Corea del Norte es parte importante de la agenda del mandatario.
"Los compromisos del presidente fortalecerán la resolución internacional para confrontar la amenaza de Corea del Norte", se lee en un comunicado.
Kim Jong-un, líder de Corea del NorteDerechos de autor de la imagenREUTERS/KCNA
Image captionKim Jong-un, líder de Corea del Norte, ha dirigido fuertes palabras contra Trump.
En meses recientes, Corea del Norte y Estados Unidos han aumentado el tono de su retórica, especialmente desde que Pyongyang se ha mostrado desafiante al lanzar dos misiles de largo alcance.
En octubre, la nación económicamente aislada emprendió su sexto ensayo nuclear, pese a la condena internacional y prometió efectuar otro en el Océano Pacífico.
En un discurso en las Naciones Unidas, Trump amenazó con aniquilar a Corea del Norte y dijo que el líder de ese país, Kim Jong-un, estaba en "una misión suicida".
En respuesta, Kim dijo en un comunicado que prometía "domar con fuego al viejo senil estadounidense mentalmente desquiciado".
Trump intentará que los vecinos de Corea del Norte, incluyendo China, continúen con la campaña de sanciones en su contra.
Su intención es mostrar un frente unido junto a Corea del Sur y Japón mientras presiona a Pekín para que asuma una línea más dura contra Pyongyang.

2. Reforzar lazos comerciales bilaterales

Varios países, especialmente Japón, mostraron su inconformidad cuando Trump retiró a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), un ambicioso y polémico tratado que busca dar forma al mayor bloque económico del mundo.
Donald Trump, presidente de EE.UU.Derechos de autor de la imagenREUTERS
Image captionEn enero, Trump firmó una orden ejecutiva para retirar a ese país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.
Se trataba de un acuerdo que se estuvo gestando por más de cinco años y que afectaba a 40% de la economía global.
Los 11 países que se quedaron en el bloque, incluyendo Japón y Vietnam, continuarán con el pacto y le dejaron la puerta abierta a la nación norteamericana para que regrese cuando quiera.
Sin embargo, Robert Lighthizer, representante comercial de Estados Unidos, ha reiterado que Trump no cambiará su posición.
"Negociaciones bilaterales son mejores para Estados Unidos que negociaciones multilaterales", indicó el funcionario.
Lo que está claro es que su consigna de campaña "America First" ("Estados Unidos primero") caló muy bien entre los electores estadounidenses pero no muy bien entre los socios comerciales en el extranjero.
Por eso, transmitir confianza de cara a compromisos comerciales, parece ser una de las misiones de Trump con esta gira.

3. Bajar tensiones con China

Disputas territoriales han enfrentado a varias naciones asiáticas con la gigante China, que ve el mar como parte de su esfera de influencia.
Navegantes japoneses y filipinos se han tenido que enfrentar con frecuencia a embarcaciones militares chinas que patrullan el Mar de China Meridional.
Donald Trump, presidente de EE.UU. y Xi Jinping, presidente de ChinaDerechos de autor de la imagenREUTERS
Image captionTrump y Xi Jinping, presidente de China, se reunieron en Estados Unidos en abril.
Aún no se ha establecido una delimitación clara en el área, que varias naciones, incluyendo China, aseguran forma parte de su soberanía.
En julio, un destructor estadounidense incursionó en dichas aguas, cerca de una isla disputada por China, y generó una dura respuesta de Pekín.
China acusó a Estados Unidos de una provocación "militar y política" y envió sus propios buques militares y aviones de combate a la zona.
Desde su campaña presidencial, Trump ha criticado a China por sus presuntaspolíticas comerciales desleales, la manipulación de su moneda y su influencia en la eliminación de puestos de trabajo en Estados Unidos.
Recientemente calificó de "vergonzosa" el déficit comercial de Estados Unidos con China, pero lo que muchos se preguntan es ¿qué puede lograr realmente en la práctica?
Lo que parece claro de esta gira, y varios observadores coinciden en eso, es que no habrá un cambio radical en la relación entre Estados Unidos y China, las principales economías del mundo.

4. Un cara a cara con Duterte

La situación de los derechos humanos en Filipinas, desde que Rodrigo Duterte asumió la presidencia, ha sido duramente criticada por organismos internacionales, especialmente en lo que respecta a su guerra contra las drogas, en la que miles de personas han muerto en ejecuciones extrajudiciales.
De hecho, en mayo, cuando Trump invitó a Duterte a Estados Unidos, tras una "amistosa conversación" telefónica, el líder de la Casa Blanca fue duramente criticado.
Rodrigo Duterte, presidente de FilipinasDerechos de autor de la imagenAFP
Image captionUn encuentro entre Trump y el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, genera muchas expectativas.
Trump recibió solicitudes para que cancelara la invitación al polémico mandatario.
Y es que Duterte llegó a llamar al expresidente estadounidense Barack Obama "hijo de p…".
"Las cosas han cambiado, hay un nuevo liderazgo", dijo el líder filipino tras conversar con Trump.
De cara a esta gira, se especuló en Washington que Trump no participaría en la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés), que organiza Manila, pero la Casa Blanca confirmó la asistencia del mandatario.
El domingo 12, estará presente en la cena de gala para conmemorar los 50 años de la ASEAN y el lunes 13, se prevé que se reúna con el presidente filipino.

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