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Homenaje al Comandante Fidel Castro | 26 de noviembre de 2017




La vida perdida de Fidel

Fidel ha perdido su vida para hallarla. Su vida perdida lo llevó a convertirse, hombre falible con aciertos y errores, en el héroe legendario que con fe inquebrantable en el triunfo final condujo a su patria en la lucha por el derecho a vivir de los habitantes del mundo, la dignidad de los pueblos y la justicia social, enfrentando al más feroz de los imperialismos conocidos. Ahora ha encontrado la vida de su ejemplo, de su guía moral, de su humanismo, en las mentes y en los corazones de quienes creemos que un mundo mejor es posible.

¡Larga vida a Fidel Castro! ¡Comandante, hasta la victoria, siempre!




Concepto de Revolución 

“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”


Fidel Castro Ruz


Lázaro Cárdenas y el Cardenismo | 20 de noviembre de 2017


Lázaro Cárdenas en el primer aniversario de la Revolución Cubana

Lázaro Cárdenas (1895-1970)

El general y ex presidente de México (1934-1940) ayudó a Fidel Castro y otros exiliados cubanos en México mientras estos preparaban la invasión para regresar a Cuba. Cárdenas gestionó la liberación de Castro en junio de 1956, luego de que este fue detenido por la Dirección Federal de Seguridad (DFS) mexicana.


Lázaro Cárdenas asistió en 1959 al primer acto nacional de homenaje por el 26 de julio, la fecha del asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro y un grupo de rebeldes, que dio inicio a la insurrección contra el dictador Fulgencio Batista.

Años después, en un discurso de 1980, Castro recordó que Lázaro Cárdenas “se enroló para venir a combatir junto a nuestro pueblo” durante la invasión de Bahía de Cochinos.

(Tomado de Telemundo)


Una interesante síntesis del gobierno de Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940),  en la obra editada por la UNAM "La vida en México en el siglo XX", en donde se exponen los fundamentos del presidencialismo, el fortalecimiento del partido de estado con el corporativismo, el desarrollo del nacionalismo y el gran apoyo brindado a la población para mejorar las condiciones de vida de obreros, campesinos e indígenas, organizando a la población para recibir los beneficios oficiales en corporaciones del partido oficial como la CTM, CNC y CNOP, aunado a un fortalecimiento del nacionalismo económico que se inició con la expropiación petrolera y la creación de PEMEX y una posición nacional antifascista, para enfrentar los totalitarismos que se desarrollaban en Europa con el fascismo, nazismo y el franquismo

Lázaro Cárdenas en el primer aniversario de la Revolución Cubana

Paco Taibo II:  El Panista que dijo que Lázaro Cárdenas ha muerto, no conoce nada de la historia | Entrevista de Carmen Aristegui



CUBADEBATE | ESPECIALES, HISTORIA » Fidel Castro y Oriana Fallaci: La entrevista frustrada | Por: Raúl Roa Kourí 8 junio 2017


En este artículo: CubaEntrevistaFidel Castro RuzItaliaMedios de Comunicación


Oriana no era muy alta, más bien delgada, eléctrica, vibrante. Foto: Ethic.
Oriana no era muy alta, más bien delgada, eléctrica, vibrante. Foto: Ethic.











Oriana Fallaci, la conocida periodista y escritora italiana, llamó a mi oficina en la Misión Permanente de Cuba ante las Naciones Unidas y pidió hablarme. Corría el año 1980. Quería verme personalmente, pues deseaba una entrevista con el presidente Fidel Castro. Me dijo que había estudiado detenidamente su proyección, sus acciones dentro y fuera de Cuba y que creía poder hacer algo de impacto para L’Europeo y otras publicaciones con las que colaboraba. La cité al día siguiente a la residencia, sita entonces en la Calle 81, entre las avenidas Park y Madison, como a las 18 horas.
No era nada extraño que una periodista famosa quisiera entrevistar al jefe de la revolución cubana, pero me intrigó el interés de Oriana: los trabajos publicados en su libro asaz polémico, pero bien escrito y muy agudo, Entrevistas con la historiasolían dejar mal parados a los personajes entrevistados. Pongo por caso la que hiciera al ayatollah Ruhollah Khomeini, líder de la revolución iraní, poco menos que irrespetuosa y, sin duda, provocativa.
Oriana no era muy alta, más bien delgada, eléctrica, vibrante. Una belleza más cercana a Magnani, por lo fuerte, que a la sensual Silvana Mangano. Pálida y de cabellos castaños, con algo de rosa viejo. El apretón de manos fue enérgico, decidido. La saludé en italiano, idioma que aprendí hace mucho, aunque ella se había dirigido a mí en inglés. Por cierto, con fuerte acento itálico. Traía una bolsa con varios de sus libros. “Nunca se sabe, tal vez el Embajador no tenga idea de quién es Oriana Fallaci”, me dijo sonriente.
En realidad, solo conocía el que mencioné antes y algunos artículos en revistas italianas y estadounidenses, de modo que agradecí los ejemplares de Un uomo y Carta a un niño que nunca nació, obras llenas de pasión y ternura, sobre su compañero —combatiente griego— y el hijo que no tuvo, que me permitieron conocer mejor a aquella mujer fascinante y, a veces, terrible.
Sospechando que la respuesta de La Habana, al tanto por supuesto de sus características menos amables, podía ser negativa, me adelanté a decirle que Fidel Castro no solía dar muchas entrevistas… Me interrumpió: “¡Ah, pero ha dado entrevistas a Dan Rather y Barbara Walters, que son yanquis! ¿Cómo no habría de dármela a mí, que soy italiana y simpatizo con la revolución cubana? Porque no soy comunista, cierto, pero siempre he sido anarquista, enemiga de la burguesía, de la explotación de los pequeños. Y voy a hacerle a Castro la mejor entrevista que jamás le hayan hecho. ¡Va a ser un éxito clamoroso! ¡Todo el mundo me lee, todos los dirigentes que importan! Puede asegurarle a Fidel Castro que yo haré una entrevista amistosa, no como otras que he hecho a líderes que no me gustan. Sé que por eso me temen, algunos…”.
“No se trata de eso, señora —repuse enseguida—, sino de que el Presidente tiene poco tiempo libre y una entrevista con usted implica invertir parte del que no tiene en prepararse —leer sus libros, conocer su manera, meditar sobre lo que le interesaría decirle, en fin”. Oriana volvió a la carga, reiterando sus argumentos e insistiendo en que podíamos estar seguros de que actuaría con entera limpieza, de que nada contra Cuba o Fidel saldría de su pluma.
Prometí dar curso a su solicitud e incluso abundar sobre cuanto me había expuesto, con su mismo énfasis y claridad; lo cual hice, aunque albergando bastantes dudas sobre el carácter de la respuesta a recibir.
Creo que la primera reacción fue de Carlos Rafael, expresándome las mismas preocupaciones que yo en el fondo tenía respecto a lo que Oriana podría publicar finalmente, teniendo en cuenta sus anteriores entrevistas y artículos, su fama de provocadora y —como decimos en Cuba— de “libretera”, en el orden político. De todos modos, el asunto estaba siendo considerado por Fidel.
Al cabo de una semana, Oriana telefoneó y hube de decirle eso mismo; que debíamos esperar. Ella insistió en la importancia de verlo pronto y, en su estilo como de remolino, adujo no sé cuántas razones por las que era “indispensable” que Fidel Castro la recibiera.
Días después llegó la respuesta: Oriana debía trasladarse a Cuba en los días cercanos al 26 de Julio, que ese año se conmemoraría en Santiago de Cuba, para viajar a la indómita capital oriental donde podría encontrarse con Fidel Castro. Trasmití el mensaje y recuerdo la alegría de la sagaz giornalista cuando supo que sus deseos habrían de cumplirse.
Fallaci fue y regresó del caimán, eufórica. Vino a casa a verme y me contó: “En La Habana estuve pocos días. Allí me atendió el capitán Antonio Núñez Jiménez —muy atentos él y su mujer—; en su casa conocí a varias personalidades de la cultura y la política cubanas, entre otros, a uno muy simpático, inteligente y culto: Guevara”. “Sí —le dije—, Alfredo, fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). No, no es pariente de Che”. “Ah, bueno, él mismo, concordó. Fueron muy agradables y me dieron mucha información sobre vuestro país”.
“Fuimos a Santiago y, después del acto —realmente multitudinario y entusiasta—, a una casa donde vendría Castro. Esperé ansiosa…. ¡Y por fin llegó! Tuvimos una larga plática; expliqué mis intereses, sugerí que más que una entrevista podría ser un libro, que estaba segura de que sería un éxito fenomenal. Fidel Castro respondió que no tenía tiempo en esos días para que conversáramos sobre todos los temas: ‘¿Por qué no viene en septiembre? Entonces estaré más libre y creo que podríamos contar con el tiempo necesario’”.
Oriana aceptó, desde luego. Y comenzó a hacer planes enseguida. Debía ir a Europa a ajustar ciertas cosas, no sé si relativas a la entrevista, y ver a su editor, en fin… Prometió estar en contacto telefónico, por si tenía algún recado de La Habana. Y partió, dejándome sus teléfonos en Italia y Nueva York.
Fidel canceló toda posibilidad de conceder a Oriana una entrevista. Foto: Ethic.
Fidel canceló toda posibilidad de concederle una entrevista a Oriana. Foto: Ethic.























No recuerdo si 15 días después, o algo más, recibí la noticia del arribo de Alfredo Guevara, quien venía a encontrarse con Oriana para darle un mensaje importante. Mientras tanto, debía localizarla y asegurarme de que estaría en Nueva York en esos días. Cuando di con ella —ya había regresado de Roma— se entusiasmó, intuyendo que las cosas marchaban más rápido de lo imaginado.
Conversé con Alfredo el día antes de la entrevista, a la que debía acudir solo, por instrucciones del Comandante, y me anticipó la tremenda noticia: Fidel había cancelado toda posibilidad de conceder a Oriana la entrevista. ¿Por qué? A su salida de Cuba, en el vuelo que la condujo a México en ruta hacia Nueva York, iba sentada al lado de un periodista que creyó italiano —idioma en el que hablaron— y le transmitió sus impresiones muy negativas, absurdas realmente, sobre Fidel Castro, comparándolo ¡nada menos! que con Benito Mussolini.
Fallaci no había entendido al personaje que ansiaba entrevistar y emitió juicios superficiales sobre alguien que apenas conocía, con quien solo había conversado un par de horas, si acaso. El “periodista italiano” no era otro que Jorge Timossi, argentino de origen italiano, colaborador de Prensa Latina. Él hizo llegar esa información a Cuba, motivando la comprensible decisión de Fidel.
En efecto, ponerse en manos de Oriana Fallaci era correr un riesgo que podría causar daños a la Revolución, sobre todo teniendo en cuenta la enorme difusión de sus trabajos. Alfredo debía expresarle, razonadamente, las objeciones del Comandante a mantener la cita, con todo el cuidado de que era capaz Guevara, pero sin dejar dudas de que teníamos derecho a no seguir adelante ni confiar en ella.
Alfredo me narró aquel borrascoso encuentro. Oriana estaba furiosa, caminaba, gesticulaba, gritaba, se detenía, volvía sobre su interlocutor y, abriendo desmesuradamente los ojos, vociferaba: “Esto no se me puede hacer, yo puedo significar mucho para Fidel Castro, porque lo que escribo lo leen todos los hombres importantes del mundo; ¡yo lo colocaré en la cima de la historia!”. Y así por el estilo. Guevara estaba asombrado, pero no hizo concesiones ni abrió resquicio alguno que descubriera una mínima posibilidad. Al final, se despidió cortésmente, bajo las andanadas de la incoercible Oriana.
Aparte de sus intentos telefónicos para que le insistiera a Fidel Castro en mantener la entrevista, dándome todo tipo de seguridades y alegando que la información trasmitida al Comandante era totalmente falsa y que así lo había dicho a Guevara, hubo uno que me sorprendió.
El embajador La Rocca, mi colega italiano ante las Naciones Unidas, me invitó a almorzar con el canciller Giulio Andreotti —a la sazón Jefe de la Delegación de Italia a la Asamblea General— en su residencia, en la Trump Tower, con una vista fabulosa sobre la catedral de San Patricio. Acepté, como es lógico, sin tener idea de qué podría querer tratar conmigo aquel gran personaje de la política europea de la segunda posguerra, varias veces primer ministro y canciller, demócrata-cristiano y “heredero”, en cierto modo, de De Gasperi quien, por lo demás, siempre tuvo una actitud amistosa hacia Cuba.
Grande fue mi sorpresa cuando declaró que sería importante, incluso en el contexto de nuestras relaciones bilaterales, que el presidente Fidel Castro concediera una entrevista a Oriana Fallaci, influyente y destacada periodista italiana a quien seguramente conocía, “que era no solo una personalidad de gran relieve en Italia, sino en toda Europa e internacionalmente”. Con todo respeto, repuse que yo había tramitado personalmente ese deseo de la renombrada escritora, pero podía ya decirle que dudaba mucho se concediera la entrevista en vista de las opiniones expresadas por Oriana sobre Fidel. Andreotti dio a entender que ciertas fuerzas importantes le habían pedido intervenir cerca del Gobierno cubano para que se rectificara la decisión.
Andreotti insistió y me hizo prometerle que, de todos modos, notificaría al Presidente su deseo, lo que hice ese mismo día, agregando cuál había sido mi respuesta al Canciller. Días después, cuando ya este había regresado a Italia, recibí un mensaje indicándome que la respuesta del Comandante no había variado y que así lo informara al alto dignatario. Con pesar, recibió La Rocca la noticia.
Muchos años después, cuando me desempeñaba como Embajador ante la Santa Sede, visité en varias ocasiones a Andreotti, entonces Senador vitalicio, en su oficina del Senado y en su propia casa, al lado opuesto del Tíber pero cerca del Vaticano. Nunca comentamos aquel episodio, mas fue siempre muy afectuoso al referirse al Comandante.
(Tomado de La Jiribilla)
(Tomado de CUBADEBATE)

CUBADEBATE | OPINIÓN, POLÍTICA » En la lucha contra la opresión no hay victorias ni derrotas absolutas | Por: Belén Gopegui 31 marzo 2017


En este artículo: CubaEuropaFidel Castro RuzRevolución


Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución Cubana.
Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución Cubana.

Lo que Fidel ha hecho y ha sido ustedes lo saben, lo contarán los pueblos, irá de voz en voz, y será como si hablaran las olas del mar, de costa a costa, de Sur a Norte, de Este a Oeste.
Me han pedido que hable de Fidel y la revolución y es extraño porque aquí, en Europa, ¿para qué queremos una revolución?
¿Sentido del momento histórico, o cambiar todo lo que debe ser cambiado, como decía Fidel? ¿No mentir jamás ni violar principios éticos?
Qué va, aquí en Europa no lo necesitamos. Y, desde luego, no hemos caído en esa ingenuidad de querer hombres y mujeres nuevos. Ni hemos pensado, como pensó Fidel, que construyendo un entorno que permitiera a las personas desarrollar sus capacidades podrían surgir comportamientos diferentes.
Aquí, en Europa, ya tenemos al hombre viejo, suele ser varón, con excepciones, capitalista, dócil y simpático. Tan simpático que cuando su Parlamento aprueba una ley para que le puedan despedir del trabajo incluso estando de baja, enfermo, el hombre capitalista agacha la cabeza y lo acepta.
Y cuando su país se enriquece con el bombardeo y destrucción de otros países y además vendiendo armas, el hombre europeo se manifiesta de siete a ocho y media, habla, escribe un par de tuits o de columnas. Y sabe, porque lo sabe, que da completamente igual: las bombas seguirán cayendo, las armas se seguirán vendiendo. Cómo le gustan las palabras impotentes al hombre viejo europeo.
Fidel pensaba que la revolución consiste, precisamente, en acortar el trayecto que va de las palabras a las cosas. En que las diferentes generaciones, por ejemplo, se vuelquen en alfabetizar a la población, o construyan un país que si utilizó su poder militar fue para derrocar el apartheid, mientras el hombre viejo europeo se enriquecía en el sofá, mirando hacia otro lado. Quienes aseguran que estas son gestas antiguas, ya sabidas, olvidan que ellos nunca las hicieron.
El bienestar del hombre viejo europeo, con sus calles, sus grandes edificios, se hizo con dinero procedente del sudor y los cadáveres de otros pueblos. Por eso ahora, cuando Europa ya no puede explotar tanto a sus antiguas colonias, el hombre europeo está como asustado, se ha vuelto, dicen, populista, grita, protesta, porque el bienestar de que gozaba no lo había construido él, y se está desmoronando.
Para Fidel, en cambio, revolución es emanciparse con el propio esfuerzo. Y es así como Cuba ha llegado a vivir con un alto índice de desarrollo humano cuyo coste no recae sobre el sudor ajeno.
Quienes dicen que esto sucedió en el pasado, olvidan que hoy hay millones de personas formadas en Cuba gracias a la revolución, que aún pudiendo apostar por un proyecto de triunfo personal, de lotería capitalista, de ascenso privado a costa del descenso de muchos, eligen seguir trabajando, a pesar de las dificultades, en un proyecto de justicia.
Es verdad que algunas abandonan y que otras han necesitado partir. En una revolución hay problemas que no sólo vienen de fuera, esto también lo dijo Fidel. ¿Quién no hace algo mal, quién no se equivoca?
Y es más difícil no equivocarse cuando el capitalismo presiona para entrar en Cuba y decir al mundo: “¿Veís como la revolución sólo fue un sueño? Se acabó la soberanía y el vivir sin tener precio. Se acabó que te sostengan cuando caigas, que te curen y alimenten cuando no tengas dinero”.
Cuba no es un país del primer mundo aunque en algunas cosas lo parezca, y aunque algunos opinadores hagan trampa jugando a tratar a Cuba como si fuera Suecia. Pese a los altos índices alcanzados, aún no ha podido desarrollar toda su capacidad y en Cuba hay, desde luego, carencias. Esto también lo contó Fidel: el subdesarrollo no es una fase del desarrollo. Son los países desarrollados los que necesitan el subdesarrollo.
Y necesitan creer y que creamos que la revolución sólo fue un sueño. No les va a ser fácil. Lo intentan cada día. Para ello cuentan con la ayuda del hombre simpático europeo, que va diciendo: pobre revolución, qué aburrido es pasarse tantos años dedicada a aguantar, a resistir.
Pero ya es hora de que alguien le pregunte a ese hombre viejo ¿por qué la revolución tiene que resistir y no se le permite, simplemente, ser? ¿Qué responsabilidad le incumbe al hombre capitalista en ello? ¿Por qué el hombre europeo con sus grandes instituciones y sus grandes palabras y su democracia tan ilustrada y sus plumas tan afiladas no ha logrado que una resolución aprobada en la ONU, año tras año, por 191 países se aplique siquiera durante un solo día? ¿Acaso no vivimos en un dulce mundo globalizado, dicen, donde el imperialismo ya no existe? ¿Cómo es que el hombre viejo europeo ha consentido que se acose a Cuba por el supuesto delito de haber escogido un camino diferente? ¿Qué libertades europeas y estadounidenses son esas que no permiten elegir ser revolucionario?
En la lucha contra la opresión no hay victorias ni derrotas absolutas: lo que hay es una relación de tensión constante y habrá que preguntarse cuánta fuerza han puesto Fidel y Cuba, cuánta están poniendo, y cuánta hemos puesto y vamos a poner nosotras y nosotros. Hasta siempre, comandante. Hasta siempre, Fidel.
*Palabras en el acto de homenaje a Fidel, Madrid 26 de marzo de 2017.
(Tomado de La Pupila Insomne)