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The New York Times | GASTRONOMÍA >> ¿Dónde están las mujeres de la gastronomía latinoamericana? | Por DIEGO SALAZAR 8 de agosto de 2017


Pía León, jefa de cocina de Central, el restaurante peruano que ocupa el primer puesto de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina desde 2014. CreditCortesía Central Restaurante

LIMA — La jefa de cocina del mejor restaurante de América Latina es mujer. No solo es la jefa de cocina: es copropietaria del restaurante.
Pía León lleva seis años al mando del equipo de cocineros de Central, un restaurante en la capital de Perú, que ocupa el primer lugar en la lista de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina desde 2014 y el quinto puesto en la lista los 50 Mejores Restaurantes del Mundo. Todos los premios que ha recibido el restaurante, el más reconocido de la región hoy, llegaron cuando León ya llevaba las riendas de la cocina.
Sin embargo, cuando en los medios se habla de Central, pareciera que se trata del esfuerzo y los logros de un solo hombre: el esposo de León, chef y copropietario del restaurante, Virgilio Martínez. En la cobertura del mundo gastronómico es habitual que la prensa y el público centren su atención en la figura principal y dejen de lado a los integrantes de su equipo, casi siempre tan importantes como el chef que acapara el rol protagónico.
Según una entrevista que le hice a León en 2012, cuando llegó a pedir trabajo a Central, el que ahora es su esposo le dijo, medio en broma, medio en serio, que no le gustaba trabajar con mujeres. Martínez, entonces una estrella creciente en la cocina peruana que había regresado a Perú para abrir su primer restaurante tras años de carrera en el extranjero, le dijo a León que no estaba seguro de contratarla porque dudaba de que pudiera aguantar el ritmo de la cocina.Ocurre que también es habitual que esas figuras atraigan mayor atención cuando son hombres. Un botón de muestra: de los veintidós cocineros a los que la exitosa serie de Netflix Chef’s Table ha dedicado un episodio, solo seis son mujeres.
La actitud de Virgilio Martínez, hoy casado con esa cocinera a la que casi no contrató, es otra. En un artículo publicado en el sitio Eater.com en julio de este año, el chef se hacía cargo de la falta de reconocimiento hacia su jefa de cocina y se quejaba: “Pía es quien dirige la cocina de Central, no recibe el crédito que merece y es ella quien está siempre en la cocina haciendo el trabajo duro”.
Luego de leer ese artículo decidí hablar con Pía León y preguntarle si opinaba lo mismo. León es una mujer decidida, consciente del éxito que ha alcanzado en su carrera, a la que no le gusta demasiado ser el centro de atención pero que entiende que el trabajo implica sentarse a conversar con la prensa y que, en general, opina que en la cocina no hay diferencias entre hombres y mujeres. Se trata, me ha dicho más de una vez, de cuán duro estés dispuesto a trabajar, sin importar el género.
“Cuando he asistido como invitada a escuelas de cocina junto con colegas varones, ellos son tratados como ‘chef’ y yo como ‘señora'”.
LEONOR ESPINOSA, CHEF COLOMBIANA
Sin embargo, cuando le pregunté si había sentido que su trabajo no es reconocido de la misma forma por el hecho de ser mujer, me dijo: “A mí no me afecta de manera personal, no le doy importancia, pero sí es habitual que cuando alguien me presenta, ya sea en el restaurante o en algún evento gastronómico, diga ‘la esposa de Virgilio’ y no ‘la jefa de cocina de Central’”.
Algo similar me contó la chef colombiana Leonor Espinosa, propietaria del restaurante Leo en Bogotá (número 16 en 50 Mejores Restaurantes de América Latina) y recientemente galardonada con el Basque Culinary World Prize, que distingue cocineros responsables de “iniciativas transformadoras”. Cuando le pregunté a Espinosa si ella se había sentido discriminada durante su carrera, me dijo: “Me ha ocurrido en distintos ámbitos, pero donde lo he notado más es cuando he asistido como invitada a escuelas de cocina junto con colegas varones. Ellos son tratados como ‘chef’ y  yo como ‘señora’”.
Al igual que ocurre en otros gremios tradicionalmente monopolizados por hombres, el mundo de la cocina profesional ha empezado a tener una discusión cada vez más seria sobre el papel de las mujeres en el negocio.
En 2010 tuve una conversación al respecto con Ruth Reichl, antigua crítica de restaurantes de The New York Times, exeditora de Gourmet Magazine (hasta su desaparición en 2009) y una de las periodistas gastronómicas más respetadas del mundo. Reichl me contó que en 1979 había publicado un artículo en la revista New West sobre las chefs y su ascenso en el mundo gastronómico. “Todos estábamos convencidos de que el tiempo de las chefs estaba llegando y que todo iba a cambiar. Y ahora, más de veinticinco años después, una vuelve la mirada atrás y es sorprendente ver cuán poco ha cambiado en realidad”, me dijo. Luego se explayó acerca de lo tremendamente demandante y físicamente agotador que es este trabajo, y lo poco que se gana si no se pertenece al uno por ciento que se encuentra en la cima.
La cocinera Carolina Bazán, chef y propietaria del restaurante Ambrosía en Santiago de Chile, me dio una respuesta casi idéntica: “Este es un rubro y un trabajo muy sacrificado, duro y con horarios no compatibles con la vida familiar, por lo que hay que escoger y, lógicamente, muchas mujeres escogen la vida familiar y buscan un trabajo con horario compatible”. Bazán, al igual que ocurre con Pía León y Virgilio Martínez —y muchos otros en la industria—, ha trasladado la vida familiar a su restaurante. Su pareja, Rosario Onetto, es la sommelier de Ambrosía.
Más de siete años después de mi primera conversación con Ruth Reichl, decidí contactarla de nuevo para preguntarle si su mirada sobre el tema había cambiado. La periodista me dijo que sí, que hay un factor que entonces no veía y que hoy le parece fundamental. “He entendido que detrás de cada chef exitoso de verdad hay un exitoso hombre o mujer de negocios que invierte no solo su dinero sino también su talento y esfuerzo para que ese cocinero alcance el éxito”, me dijo.
Ningún chef, insistió Reichl, había logrado sobresalir sin una figura así. “Y ocurre que, todavía, muy pocas de esas personas invierten de la misma manera en las chefs. Mientras esos hombres o mujeres de negocios no decidan invertir en serio en mujeres, los hombres continuarán dominando la industria”, añadió.
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Kamilla Seidler, la chef del restaurante Gustu en La Paz, Bolivia, ha sido elegida la mejor chef de América Latina. CreditCortesía Gustu
Otra cocinera que trabaja en Latinoamérica, la danesa Kamila Seidler, al mando del restaurante boliviano Gustu (número 14 de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina), ofreció una explicación similar cuando le pregunté por qué creía que la presencia femenina entre los chefs más reconocidos era menor. Seidler me dijo: “Yo no me despierto en la mañana pensando que soy mujer sino que puedo y debo hacer mi trabajo, y me preparo el café. Pero si te fijas, el mundo de las finanzas también está dominado por hombres. Entonces, esos inversionistas, que son hombres, y son los que ponen el dinero, confían más en poner un negocio con un hombre al frente, en lugar de una mujer. Por ignorancia, claro”.

¿’Mujeres chef’ o solo chefs?

En esta discusión acerca del lugar de las mujeres en la industria gastronómica, existen posiciones y correctivos distintos.
La organización The World’s 50 Best Restaurants, por ejemplo, incluyó entre los premios que otorga año a año uno llamado Best Female Chef, que se otorga a la mejor cocinera del mundo según la votación de los panelistas miembros del jurado. En sus cuatro años de vida, el premio ha recibido diversas críticas.
Anthony Bourdain, el famoso escritor y presentador de televisión, preguntó en Twitter: “¿Por qué —en este momento de la historia— necesitamos una mención especial a la Mejor Mujer Chef? ¿Como si fueran una curiosidad?”. La periodista Marian Bull se burló del premio en un artículo para GQ llamándolo “una ridícula curita en el intento de solucionar un problema mucho más grande”.
William Drew, editor general de los 50 Mejores Restaurantes del Mundo, escribió en enero de 2017 un artículo en la web de los premios haciéndose cargo de estas críticas. En resumen, Drew señalaba que mientras siguiéramos viviendo en un mundo machista, era necesario poner el reflector sobre los logros de las mujeres, aun a riesgo de separarlas de sus colegas hombres.
“Un día esperamos que la existencia de Best Female Chef Award se haga obsoleta. Como están las cosas en la actualidad, ese escenario se vislumbra todavía lejano. Trabajemos colectivamente para cambiar eso y celebremos la brillantez de estas chefs en el proceso”, terminaba Drew.
“¿Me preguntas si creo que la prensa en general sigue siendo machista? ¿Has leído algo acerca de la celulitis en el trasero de George Clooney? Yo tampoco”.
HELEN HOLLYMAN, EDITORA DE MUNCHIES
La crítica de restaurantes del diario El Comercio de Perú, Paola Miglio, tiene una perspectiva parecida. Miglio lleva más de una década escribiendo sobre cocina en diversos medios, luchando de manera resuelta tanto en prensa como en redes sociales por combatir el machismo en la industria, y desde julio de este año es responsable de la única sección de crítica gastronómica que sobrevive en los diarios del país que muchos llaman la capital gastronómica de América Latina.
Cuando le pregunté a Miglio qué opinaba de los premios que hacían distinción entre los chefs y las mujeres chef, me respondió: “No deberían existir, pero ahora, en este contexto, es todavía necesario que existan para visibilizar el trabajo de las mujeres”.
Por supuesto, esa mirada de Drew y Miglio no es compartida ni por todas las periodistas ni todas las chefs. De hecho, como me recordó Helen Hollyman, editora de Munchies —el sitio de VICE dedicado a temas gastronómicos— la cocinera francesa Dominique Crenn ha popularizado el lema “We’re not ‘female chefs’, just chefs” (No somos ‘mujeres chef’, solo chefs), a pesar de haber ganado el premio en 2016.
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La chef francesa Dominique Creen durante la entrega del Basque Culinary World Prize en Ciudad de México, el 17 de julio de 2017 CreditSashenka Gutierrez/European Pressphoto Agency
Hollyman es una periodista experimentada, que ha trabajado como cocinera en restaurantes y dirige con talento Munchies. Le pregunté si pensaba que la cobertura sobre mujeres en prensa gastronómica es todavía machista. Su respuesta empezó conciliadora. “Creo que debemos ser cuidadosos cuando generalizamos sobre la ‘prensa gastronómica’. Hay medios que están haciendo un trabajo arduo por resaltar el trabajo de mujeres estupendas en esta industria”, me dijo.
Centrada en el mercado estadounidense, la editora habló de medios como Cherry Bombe, Eater, así como los artículos de John Edge para la revista Oxford American. Luego añadió: “¿Me preguntas si creo que la prensa en general sigue siendo machista? Bueno, ¿has leído algo acerca de la celulitis en el trasero de George Clooney? Yo tampoco”.

‘Es que no hay mujeres’

En abril de 2016, la Asociación Peruana de Gastronomía, la institución que organiza Mistura, el festival gastronómico más importante de América Latina, inauguró la primera edición de su Congreso Internacional de Gastronomía. Para el evento trajeron ponentes de todas partes del mundo. Había únicamente dos mujeres entre los expositores, además de una moderadora. Tres mujeres de un total de 33 panelistas en ocho mesas a lo largo de dos días.
Varias periodistas, entre ellas Paola Miglio, interpelaron directamente a la asociación, que en un primer momento no supo responder. Para la segunda edición, al año siguiente, ya habían aprendido la lección. La imagen del evento, en un video distribuido por redes sociales, fue Malena Martínez, gerenta de Central y jefa de Mater Iniciativa, el laboratorio de investigación del restaurante.
La mayoría de veces cuando esto ocurre, me explica la comunicadora venezolana Sasha Correa del Basque Culinary Center, responde a dos excusas: “No tenemos problema con las mujeres, pero es que no hay mujeres” o “Hay mujeres pero objetivamente no son tan buenas como los hombres que tenemos pensados, o no manejan tan bien el tema o el escenario o la prensa como ellos”.
La respuesta de Correa, que ha organizado congresos, páneles y conferencias gastronómicas en Latinoamérica y Europa, es siempre la misma: “¿Y si hubiera mujeres y el problema es que no las conoces o no sabes que existen?”.
Correa me dice que no ha habido escenario ni tema en “el que no haya podido desmontar la tesis del no hay”. Lo que pasa, en su experiencia, es que si uno se guía únicamente por lo que aparece en las portadas de las revistas o la televisión, en efecto, parece que las mujeres en la gastronomía son invisibles.
Es hora de que los medios, que en su mayoría parecen no aburrirse de repetir el cliché de la cocina como territorio de machos que Anthony Bourdain retrató en su clásico libro Kitchen Confidential en 2000, hace ya 17 años, tomen nota.
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The New York Times | GASTRONOMÍA > Bebe un poco de mezcal, pero no demasiado | Por ROBERT SIMONSON 2 de junio de 2017


Selección de mezcales en la mezcaleria Las Flores, en Chicago CreditWhitten Sabbatini para The New York Times


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Espita Mezcaleria, un nuevo bar en Washington, cuenta con más de 130 variedades de mezcal. Sin embargo, Megan Barnes, la directora de bebidas, tiene una sorprendente técnica de ventas cuando los clientes piden ciertas marcas.
“Mucha gente viene y dice: ‘Solo quiero agave que haya sido cultivado en un área silvestre”, comenta. “Tratamos de disuadir a la gente de ese tipo de mezcales, porque si todo el tiempo los consumimos, estamos acabando con los campos de agave silvestre en México y entonces los llevaremos a la extinción. Tratamos de enseñar a nuestros clientes a que sean responsables y nosotros lo somos”.
En un caballito se encuentra el dilema mezcalero al que se enfrentan los afectos a esta bebida en Estados Unidos. El licor —como este ancestro más fuerte y ahumado del tequila— nunca había sido más visible, abundante ni popular en ese país. No hay un mes en el que no abra una nueva mezcalería en alguna ciudad de Estados Unidos; entre las más recientes, se encuentran Madre Mezcaleria en Nueva York, Quiote en Chicago, y Coyote Mezcalería en Portland, Oregon.

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Nacho Jiménez en Ghost Donkey, un bar de mezcales en Manhattan CreditJohn Taggart para The New York Times

Sin embargo, también podría ser problemático, debido a que el mezcal puede presentar problemas de sostenibilidad a largo plazo. Al igual que el tequila, se destila de un agave, cuyo cultivo y cosecha pueden requerir desde siete años hasta décadas (es posible obtener el mezcal de una gran variedad de agaves en comparación con el tequila, que únicamente se elabora con la variedad de agave azul).Es un avance considerable para una bebida que durante mucho tiempo ha sido malentendida y poco valorada por los estadounidenses.
Así que, por un lado, los propietarios de los bares de mezcal están haciendo una labor evangelizadora, tratando de educar a aquellos que degustan esta bebida. Pero, por otro, muchos se muerden las uñas justamente por su labor evangelizadora, preguntándose si están en lo correcto.
“Me conflictúa un poco todo esto”, dijo Bobby Heugel, quien en 2013 abrió Pastry War, uno de los pioneros en ofrecer mezcal en Houston. “No hay forma de defender que más personas abran mezcalerías en Estados Unidos actualmente. Es una mala propuesta de negocio. Es como abrir un restaurante de sushi, cuando literalmente nos estamos quedando sin recursos en el océano”.
Sin embargo, la escasez es parte del nuevo atractivo de esta bebida.

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Un coctel de mezcal en el Ghost Donkey, en Manhattan CreditJohn Taggart para The New York Times

“El mezcal es la cocina lenta del mundo de la bebida en la actualidad”, comentó Emma Janzen, cuyo libro, Mezcal: The History, Craft & Cocktails of the World’s Ultimate Artisanal Spirit, se publicará en julio. “El mezcal es un momento, un lugar y una familia; no siempre se encuentra la misma riqueza en la elaboración de otros tipos de licores, incluyendo el tequila”.
Debido a todo el alboroto que ha causado este licor, se está importando más mezcal a Estados Unidos. Según un informe de 2017 del Consejo Regulador del Mezcal, una organización mexicana que supervisa la producción de esta bebida, las exportaciones aumentaron a más de dos millones de litros en 2016 de apenas unos 650.000 litros en 2011, y el 63 por ciento de esas exportaciones se dirige a Estados Unidos.
Los grandes conglomerados no quisieron quedarse atrás. El año pasado, el gigante de las bebidas alcohólicas Diageo firmó un contrato de distribución con Mezcal Unión, una marca joven de Ciudad de México, y Bacardí compró una participación minoritaria de la marca Ilegal Mezcal.

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Negroni mezcal, en el Ghost Donkey CreditJohn Taggart para The New York Times

“Asusta un poco, debido a la naturaleza de la planta”, explicó Caitlin Laman, directora de bebidas de la Mezcalería Las Flores, en Chicago. “Estamos presionando a los palenques para que cultiven y produzcan más”. (Los palenques son las destilerías rústicas que producen mezcal).
A aquellos que adoptan esta perspectiva les preocupa que la fiebre del mezcal ponga en riesgo las plantas de agave, la tradición mezcalera y a la bebida misma. “Alguien tiene que saciar la sed de los que andan en busca de margaritas de mezcal”, dijo Freeman. “¿Qué pasaría si Chili’s la incluyera en su menú? No sería descabellado”.
Los expertos desconocen si hay un grupo o agencia que dé seguimiento al suministro de agave en México y otros dicen que hay que mantener la calma. Esteban Morales Garibi, fundador de la marca Mezcal Derrumbes, que tiene seis embotelladoras –cada una ubicada en un estado mexicano distinto–, teme que los estadounidenses desconozcan todo lo que implica el negocio del mezcal.

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A Caitlin Laman, directora de bebidas de la Mezcalería Las Flores, en Chicago, le preocupa la presión que se ejerce sobre los productores de mezcal. CreditWhitten Sabbatini para The New York Times

“México es tan grande y cada región vive una realidad distinta”, explicó. “En cada artículo que leo sobre el tema se habla en términos generales. No quiero agobiar más a los adeptos al mezcal… les preocupa tanto lo que están bebiendo: ‘¿Deberíamos dejar de beber mezcal? ¿Deberíamos dejar de consumir variantes silvestres?’. Ese no es el camino. Cada botella que compramos representa dinero para las familias de México”.
David Suro-Piñera, presidente de Siembra Spirits y uno de los más importantes defensores de la conservación del patrimonio de los licores que se elaboran con agave, cree que la mejor forma de que los que consumen mezcal lo hagan sabiamente es no perder la curiosidad y hacer preguntas.
“Hay tantas marcas ahora, cosas más escandalosas, que es más difícil”, dijo. “Lo mejor es explorar el territorio y la historia del mezcal, así como la diversidad de las distintas regiones”.

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The New York Times | CULTURA | GASTRONOMÍA > Por qué no voy a hacer una reseña de Noma México | Por PETE WELLS 24 de mayo de 2017


La entrada de Noma México, el restaurante de René Redzepi que abrió durante siete semanas en Tulum. Credit Adriana Zehbrauskas para The New York Times



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Bajo el susurro de las palmeras de Tulum, en México, el chef René Redzepi ha venido sirviendo lo que Kevin Sintumuang, en un reportaje para Esquire, llamó “la comida más envidiable del año”. Redzepi, quien llevó la mayoría de su personal a México mientras Noma, su restaurante de Copenhague, se prepara para la mudanza, dijo que quería que Noma Mexico fuera “el menú de la década”. Para Jacob Richler, quien escribió sobre la cena para The Toronto Star, fue “la mejor comida de la vida”.
Y yo me la voy a perder.
No es que haya sido ajeno a lo que la gente estuvo comiendo allí antes de que Noma México cierre sus puertas el próximo domingo, luego de siete semanas de servicio. A pesar de haber ofrecido lugar solo para 7000 personas, que agotaron las reservaciones en el lapso de dos horas en diciembre pasado, puede que sea el restaurante itinerante más ampliamente documentado de la historia. Instagram tiene más de 5000 imágenes con la etiqueta #nomamexico, y los periodistas llevan semanas merodeando en la selva.
Así fue como supimos por Joshua David, de Food & Wine, cómo sabe el interior de una bromelia llamada “piñuela” después de haber sido escaldada, pelada y “salpicada con pasta de chapulín a la que se adhieren delicadas flores de cilantro”. Samantha Teague, de Gourmet Traveller, nos contó cómo fue comer pulpo envuelto en masa y hojas de maíz que se colocaron en una olla de barro que se enterró entre carbones al rojo vivo. Tom Sietsema, de The Washington Post, fue quien nos narró la emoción de hielo y fuego de los chiles pasilla escalfados en miel y rellenos de sorbete de chocolate. “Un pequeño plátano en rebanadas, bañado en aceite de alga marina y salpicado de una pasta elaborada con su propia cáscara asada” es una de las impresiones que describió Jonathan Gold en The Los Angeles Times.

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Redzepi llevó a la mayoría de su personal desde su restaurante de Copenhague a preparar lo que denomina “la comida de la década” en Tulum. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Podría describir las andanzas en este paraíso perdido de Quintana Roo si escribiera estrictamente como reportero, tal como lo hizo Julia Moskin en The New York Times la semana pasada. Pero Noma México produce un cortocircuito en mis conexiones de crítico. Una reseña real de un lugar que surgió de la nada y vendió todas sus reservas hace meses me parece totalmente inútil. Sería tan útil como hacer la reseña de una boda.Mientras estas entregas que constataban que yo no estaba ahí repiqueteaban en el teletipo, tuve dos ideas: la primera, por supuesto, fue: “Santas cáscaras de plátano, ¿acaso puedo mover algunos hilos para colarme?”. A este pensamiento le siguió otro de inmediato: “¿Para qué?”
Está claro que hay otras razones para escribir reseñas. Los críticos gastronómicos hacemos mucho más que llenarnos la boca de comida y después mostrar nuestros pulgares grasientos hacia arriba o abajo. Tratamos de evaluar cómo encaja un lugar en un contexto, incluyendo su entorno. Parte de esto consiste simplemente en decidir, por ejemplo, si un nuevo restaurante de cocina Sichuan en Queens es igual de bueno, mejor o distinto de todos los demás restaurantes de Sichuan en los alrededores. Nos preguntamos si aporta algo que el lugar donde se encuentra no tuviera ya y si tiene sentido que esté ahí. Se trata de cuestiones separadas: es posible que Queens no tenga un restaurante de Sichuan que sea carísimo e incompetente, pero eso no quiere decir que abrir uno sea una buena idea.

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El personal de Redzepi prepara los platillos de su restaurante emergente.CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

No es necesario comer en Noma México para saber que Tulum no tiene nada que se le asemeje. Pero ¿tiene sentido que esté ahí?
Empecemos con el precio anunciado: 600 dólares por persona, o 750 dólares con impuestos y propina. Esto es mucho más de lo que Noma ha cobrado por sus restaurantes emergentes en Sídney (cerca de 350 dólares con bebidas incluidas) y Tokio (unos 380 dólares), dos ciudades donde no es inaudito gastar eso en una cena.
Tulum no es una ciudad: es un destino turístico, un lugar anteriormente apacible para hacer una escapada entre chozas de paja que poco a poco ha ido subiendo de categoría. En buena medida gracias al turismo, Quintana Roo está entre los estados mexicanos con las tasas de empleo más altas del país, pero cerca del 40 por ciento de los residentes del estado viven en condiciones de pobreza moderada o extrema.

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Una muestra de frutas y verduras de la región en Noma Tulum. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Antes de que se pudieran hacer las reservaciones en línea, Redzepi anunció que también serviría comidas gratis a los estudiantes de gastronomía durante las dos últimas semanas en las que el restaurante estuviera abierto. Sin embargo, resulta evidente que la mayoría de la gente que fue a cenar no solo pagó la comida, sino también los vuelos, el alquiler de un automóvil o el taxi para ir a Tulum y, al menos, una noche de hotel.
No sorprende que exista un público dispuesto a pagar por esta escapada tropical. En este momento de su carrera, Redzepi podría haber vendido todo un cargamento salchichas rostizadas en el Valle de la Muerte. Lo que no acabo de resolver mediante mis algoritmos de crítico es la idea de una comida consagrada a las tradiciones e ingredientes locales que prepara y consume gente que en su mayoría proviene de otra parte.
La filosofía de Noma, desde el comienzo, era estrictamente local. Redzepi dibujó un círculo alrededor de la región nórdica y reunió casi todos sus ingredientes desde el interior del círculo, con raras excepciones. Noma llevó al siguiente nivel el afán de comer local –ser “locávoro”– que se imita de manera generalizada, y uno de sus legados es la idea de que los restaurantes con ambiciones internacionales deben demostrar un fuerte apego a su ubicación.

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Con un costo anunciado de 600 dólares por cena (750 dólares con impuesto y propina), el restaurante emergente está llegando a sus últimos días tras haber albergado a 7000 comensales. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Esta expectativa por el “sentido de lugar”, entre otras cosas, anima buena parte de la contienda detrás de la lista anual de los 50 mejores restaurantes del mundo. Y ha conducido a una extraña nueva visión: comedores donde las costosas celebraciones del entorno local son disfrutadas principalmente por turistas.
Según todos los reportes, Noma México hace honor con creces al sentido de ubicación. El sendero hacia el comedor en la selva está revestido por canastas de yaca y mangos. Las mesas están distribuidas entre las palmeras y fueron elaboradas con madera local. Justo frente a la cocina, cuatro mujeres de un poblado maya cercano hacen tortillas.
Sin embargo, ¿puede un restaurante pertenecer realmente al lugar si no cede ante los caprichos de los gustos y demandas locales? Lo dudo, y dudo que mis propias fantasías de éxtasis (solo como hipótesis, demos por hecho que habría disfrutado de Noma México tanto como todos los demás) habrían contribuido en este aspecto. Simplemente sería un turista más, con la esperanza de que me dejaran atónito ciertas sensaciones que me acompañarían en el vuelo de regreso a Nueva York.

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El personal prepara un salbute con tomates secos y chapulines. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times
¿Puede un restaurante pertenecer realmente al lugar si no cede ante los caprichos de los gustos y demandas locales? Lo dudo.

Al volver a casa, frente al teclado, calcularía cuántas palabras debería dedicar a los placeres sensoriales y cuántas a los 2000 dólares o más que mis empleadores tuvieron que desembolsar, si “valió la pena” y si es probable que el estándar de vida local se vea beneficiado de alguna forma por la atención que Noma puso en los ingredientes mexicanos.
Preocuparse por lo ético que resulta pagar cientos de dólares por una comida es una forma particularmente extraña de hablar con la boca llena. Lo sé porque lo he hecho antes y lo volveré a hacer, no sin sentir algo de vergüenza. Las dos cosas nunca podrán conciliarse sin que haya un ajuste de cuentas crítico.
No culpo a Redzepi ni al personal del Noma por crear un acontecimiento que hace que mi ojo crítico se nuble. Han reconocido que tienen una deuda con México y trataron de pagarla. En Tulum están dando rienda suelta a su curiosidad y estableciendo nuevos niveles a superar, que es lo que la gente creativa debe hacer.
Ese es el lado artístico de Noma México. Desde el punto de vista comercial, han elegido invertir su creatividad en algo que, debido a su escasez programada y a su gasto relativo, tiene que verse como un producto de lujo. Los bienes de lujo tienden a flotar libres en el mundo de todos los días y crean su propio contexto cultural, uno de riqueza y exclusividad. Hay muchas formas de responder a eso, pero en este caso, no creo que una reseña escrita por mí sea una de ellas. Prefiero hacer la reseña de un restaurante que esté afincado en la tierra.
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