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CUBADEBATE | CIENCIA Y TECNOLOGÍA >> Lo que Internet esconde: Google no es igual para todos | Por: Eli Pariser | En este artículo: Amazon, Ciberespionaje, Ciberseguridad, Democracia, Empresas, Facebook, Google, Internet, Redes Sociales, Yahoo | 6 noviembre 2017


Hoy vemos los resultados que según PageRank nos son más apropiados, mientras que otras personas ven otros completamente diferentes. En pocas palabras, Google no es igual para todos.
Hoy vemos los resultados que según PageRank nos son más apropiados, mientras que otras personas ven otros completamente diferentes. En pocas palabras, Google no es igual para todos.
Pocas personas se han percatado del post aparecido en el blog oficial de Google el 4 de diciembre de 2009. No buscaba llamar la atención, ninguna declaración llamativa ni anuncios impactantes de Silicon Valley, solo unos pocos parágrafos ensartados entre la lista de las palabras más buscadas y una actualización sobre el software financiero de Google.
Pero no ha escapado a todos. El blogger Danny Sullivan analiza siempre cuidadosamente el post de Google para tratar de averiguar cuáles son los próximos proyectos de la empresa californiana y lo ha encontrado muy interesante. Ha escrito que se trataba del “cambio más grande jamás acaecido en los motores de búsqueda”. Bastaba el título para entenderlo: “Búsquedas personalizadas para todos”.
Google usa actualmente 57 indicadores –desde el lugar en que estamos, al navegador que estamos usando, al tipo de búsqueda que hemos hecho– para averiguar quiénes somos y qué sitios visitamos. También cuando no estamos conectados, continúa personalizando los resultados y mostrándonos las páginas sobre las que probablemente clicaremos. Normalmente se piensa que haciendo una búsqueda en Google todos obtenemos los mismos resultados, aquellos que según el famoso algoritmo de la empresa PageRank tienen mayor relevancia en relación a los términos buscados. Pero desde diciembre de 2009 ya no es así. Hoy vemos los resultados que según PageRank nos son más apropiados, mientras que otras personas ven otros completamente diferentes. En pocas palabras, Google no es igual para todos.
No es difícil darse cuenta de la diferencia. En la primavera de 2010, mientras la plataforma Deepwater Horizon vertía petróleo en el golfo de México, pedí a dos amigos hacer la misma búsqueda en Google. Ambos viven en el noreste de Estados Unidos y son dos personas muy similares, de raza blanca, educados y de izquierdas. Los dos buscaron “BP”, consiguiendo resultados muy diferentes. Uno encontró información sobre las inversiones relacionadas con BP y otras noticias. En un caso, la primera página de resultados de Google contenía los links sobre el incidente en el golfo; en el otro no aparecía nada sobre el tema, solo una publicidad de la compañía petrolífera. Incluso el número de resultados era diferente: 180 millones y 139 millones. Si las diferencias entre dos personas de izquierda de la costa este eran tan grandes, imaginémonos cuánto lo serán, por ejemplo, respecto a las de un viejo republicano de Texas o las de un hombre de negocios japonés.
Ahora que Google está personalizado, la investigación sobre “células madre” probablemente dé resultados diametralmente opuestos para los científicos que son favorables a su estudio y para quienes estén en contra. Escribiendo “cambio climático”, un ecologista y el dirigente de una compañía petrolífera obtendrán respuestas diferentes. La mayoría de nosotros cree que los motores de búsqueda son neutrales, pero probablemente lo pensamos porque nos son impuestos para secundar nuestras ideas. La pantalla del ordenador cada vez mira más por nuestros intereses mientras los analistas de los algoritmos observan todo lo que cliqueamos. El anuncio de Google marca el punto de inflexión de una revolución importante, pero casi invisible de nuestro modo de consumir la información. Podríamos decir que el 4 de diciembre de 2009 comienza la era de la personalización.

Dime lo que quiero

, cada clic es una mercancía y cada movimiento de nuestro ratón puede venderse en unos pocos microsegundos al mejor postor.
Cada clic es una mercancía y cada movimiento de nuestro ratón puede venderse en unos pocos microsegundos al mejor postor.
El mundo digital está cambiando, discretamente y sin hacer demasiado ruido. Lo que hace un tiempo era un medio anónimo en el que todos podían ser cualquiera –en el que nadie sabe si eres un perro, como decía una famosa viñeta del New Yorker– ahora es una forma de recoger y analizar nuestros datos personales. Según un estudio del Wall Street Journal, los cincuenta sitios más populares del mundo, desde CNN a Yahoo, a MSN, instalan una media de 64 cookies y beacons cargados de datos sobre nosotros.
Si buscamos una palabra como “depresión” en un diccionario online, el sitio instala en nuestro ordenador hasta 223 cookies y beacons que permiten a otros sitios invadirnos con publicidad de antidepresivos. Si hacemos una búsqueda sobre la posibilidad de que nos engañe nuestra esposa, seremos acosados por anuncios sobre tests de ADN para determinar la paternidad de nuestros hijos. Hoy la red no solo sabe si eres un perro, sino también la raza, y la comida que tiene que venderte.
La carrera por saber lo más posible de nosotros está ahora en el centro de la batalla del siglo entre gigantes como Google, Facebook, Apple y Microsoft. Como ha explicado Chris Palmer de la Electronic Frontier Foundation“el servicio parece gratuito, pero lo pagamos con información sobre nosotros. Información que Google y Facebook están dispuestos a convertir en dinero”. Incluso siendo herramientas útiles y gratuitas, Gmail y Facebook también son eficientes y máquinas voraces para extraer información, donde revelamos los detalles más íntimos de nuestras vidas.
Nuestro iPhone sabe exactamente dónde vamos, a quién llamamos, qué leemos. Con su micrófono integrado, el giroscopio y los GPS, es capaz de entender saber si estamos paseando, nos encontramos en el coche o en una fiesta.
Aunque Google, hasta ahora, ha prometido no revelar nuestros datos personales, otros sitios y aplicaciones populares no lo garantizan. Detrás de las páginas que visitamos se esconde un enorme mercado de información sobre lo que hacemos online controlado por sociedades que recopilan datos poco conocidos pero muy rentables, como BlueKai y Acxiom. Solo Acxiom ha acumulado una media de mil 500 informaciones, –desde la capacidad de crédito a los medicamentos comprados online– sobre cada persona de su base de datos, que incluye al 96% de los estadounidenses. Y cualquier sitio web, no sólo Google y Facebook, puede ahora participar en el banquete.
Según los agentes, los comportamientos de mercado, cada clic es una mercancía y cada movimiento de nuestro ratón puede venderse en unos pocos microsegundos al mejor postor. Como estrategia de mercado, la fórmula de los gigantes de internet es simple: cuanta más información personal son capaces de ofrecer, más espacios publicitarios pueden vender, y más probabilidades de que compremos los productos que se nos muestran. Es una fórmula que funciona. Amazon vende miles de millones de dólares intentando prever lo que puede interesar a los consumidores y volcando los resultados en su tienda virtual. Más del 60% de las películas descargadas o de los DVD alquilados en Netflix depende de las hipótesis que el sitio se hace sobre las preferencias de cada cliente.
Según la directora operativa de Facebook, Sheryl Sandberg, dentro de tres, o cinco años como máximo, la idea de un sitio no personalizado parecerá absurda. Uno de los vicepresidentes de Yahoo, Tapan Bhat, coincide: “El futuro de la web es la personalización. Hoy la web habla en primera persona. La red debe ser inteligente y a la medida de cada usuario”. El exadministrador de Google, Eric Schmidt, declara con entusiasmo: “el producto que siempre he querido crear ‘es un código que imagine lo que voy a escribir’”. Google instantáneo, que anticipa lo que queremos buscar mientras escribimos, fue lanzado en el otoño de 2010, y es sólo el comienzo. Según Schmidt, los usuarios quieren que Google diga lo que deben hacer después.
Si fuera sólo una forma de vender publicidad orientada, no sería tan grave. Pero la personalización no condiciona sólo lo que compramos. Para un porcentaje creciente de usuarios, los sitios de noticias personalizadas como Facebook se están convirtiendo en fuentes de información fundamental: el 36% de los estadounidenses menores de 30 años lee las noticias en las redes sociales. Como dice su fundador, Mark Zuckerberg, Facebook es quizás la mayor fuente de noticias del mundo (al menos por lo que respecta a una cierta idea de noticias). Pero la personalización no está condicionando el flujo de la información no sólo en Facebook: actualmente servicios como Yahoo y News.me, lanzado por el New York Times, adaptan las noticias a nuestros intereses y deseos particulares.
La personalización interviene también en la selección de los videos que vemos en YouTube y en los blogs, influye en el correo electrónico que recibimos, sobre potenciales parejas que encontramos en OkCupid y en los restaurantes que nos recomienda YelpLa personalización puede determinar no sólo con quién salimos, sino también a dónde vamos y qué hablamos. Los algoritmos que gestionan la publicidad orientada están empezando a administrar nuestras vidas. Como ha explicado Eric Schmidt, será muy difícil ver o comprar algo que en cierto sentido no haya sido hecho a nuestra medida.
El código de la nueva red es bastante sencillo. Los filtros de nueva generación vigilan las cosas que nos gustan –basándose en lo que hemos hecho o lo que les gusta a las personas semejantes a nosotros– y después extrapolan la información. Son capaces de hacer predicciones, para crear y perfeccionar constantemente quiénes somos, qué hacemos y lo qué queremos. Juntos, filtran un universo de información específica para cada uno de nosotros, una “burbuja de filtros”; que altera la manera en que entramos en contacto con las ideas y la información. De un modo u otro todos siempre hemos elegido las cosas que nos interesan e ignorado el resto. Pero la burbuja de filtros introduce tres nuevas dinámicas.
En primer lugar, estamos solos en su interior. Un canal de cable dedicado a quienes les interesa específicamente, por ejemplo el golf, tiene otros espectadores que comparten cosas en común. Sin embargo, en la burbuja estamos solos. En una época en que la información compartida es la base de experiencias compartidas, la burbuja de filtros es una fuerza centrífuga que nos divide.
En segundo lugar, la burbuja es invisible. La mayor parte de las personas que consulta fuentes de noticias de derecha o de izquierda sabe que esa información está dirigida a quienes tienen una orientación política determinada. Pero Google no es tan transparente. No nos dice qué piensa o por qué nos muestra los resultados que vemos. No sabemos si está haciendo suposiciones acertadas o no sobre nosotros, ni siquiera si las está haciendo. Mi amigo, que buscaba noticias acerca de “BP”, no tiene ni idea de por qué encontró información acerca de las inversiones, no es un agente de bolsa. Dado que no hemos elegido los criterios con que los sitios filtran la información entrante y saliente, es fácil imaginar que la que nos llega a través de la burbuja es objetiva y neutral. Pero no es así. De hecho, desde el interior de la burbuja es casi imposible darse cuenta de cuánta información se ve. Nosotros no decidimos lo que recibimos, y, sobre todo, no vemos lo que sale.
Finalmente, nosotros no decidimos entrar en la burbuja. Cuando vemos Fox News o leemos The New Statesman, ya hemos decidido qué filtro utilizar para interpretar el mundo. Es un proceso activo, y como si nos pusiéramos voluntariamente un par de lentes de colores, sabemos muy bien que las opiniones de los periodistas condicionan nuestra percepción del mundo. Pero en el caso de los filtros personalizados no hacemos el mismo tipo de elección. Vienen a nosotros, y dado que se perfeccionan, será cada vez más difíciles evitarlos.

El fin del espacio público

La democracia depende de la capacidad de los ciudadanos para hacer frente a puntos de vista diferentes. Cuando sólo nos ofrece información que refleja nuestras opiniones, Internet limita esta confrontación.
La democracia depende de la capacidad de los ciudadanos para hacer frente a puntos de vista diferentes. Cuando sólo nos ofrece información que refleja nuestras opiniones, Internet limita esta confrontación.
La personalización se basa en un acuerdo económico. A cambio del servicio que ofrecen los filtros, regalamos a las grandes empresas una enorme cantidad de datos sobre nuestra vida privada. Y estas empresas cada vez están más dispuestas a usarlos para tomar decisiones. Pero no tenemos ninguna garantía de que los traten cuidadosamente, y cuando sobre la base de estos datos se toman decisiones que nos afectan negativamente, nadie nos lo dice. La burbuja de filtros puede influir sobre nuestra capacidad de elegir cómo queremos vivir. Según Yochai Benkler, profesor de derecho en Harvard y estudioso de la nueva economía de la red, para ser artífices de nuestras vidas debemos ser conscientes de las alternativas.
Cuando entramos en la burbuja de los filtros, permitimos a las empresas que la construyen elegir qué alternativas podemos considerar. Nos ilusionamos con ser dueños de nuestro destino, pero la personalización puede producir una especie de determinismo de la información, en que lo que hemos cliqueado en el pasado determina lo que vamos a ver en el futuro, una historia diseñada para repetirse indefinidamente. Nos exponemos a permanecer atascados en una versión estática y cada vez más reducida de nosotros mismos, una especie de círculo vicioso. También hay consecuencias más amplias. Robert Putnam en su Capital social y el individualismo, el libro sobre la decadencia del sentido cívico en América, afronta el problema del agotamiento del ‘capital social’, es decir, de los lazos de confianza y reciprocidad lleva a las personas a devolverse favores y a colaborar para resolver problemas comunes. Putnam identifica dos tipos de capital social: “El espíritu de grupo”, que, por ejemplo, se crea entre los exestudiantes de la propia Universidad, y el “sentido de la comunidad”, que, por ejemplo, se crea cuando personas diversas se encuentran en una asamblea pública. Este segundo tipo de capital es muy potente: si lo acumulamos, tenemos más probabilidades de encontrar un puesto de trabajo o alguien dispuesto a invertir en nuestra empresa, porque nos permite atender a tantas redes diversas.
Todos esperábamos que internet fuera una gran fuente de capital de este segundo tipo. En el apogeo de la burbuja tecnológica hace diez años, Thomas L. Friedman escribía que internet se convertiría en una comunidad de vecinos. Esta idea fue la base de su libro Las raíces del futuroInternet se convertirá en un gran dispositivo con que contará el sistema de la globalización hasta hacer el mundo cada día más pequeño y veloz.
Friedman tenía en mente una especie de aldea global en la que los niños africanos y los hombres de negocios de Nueva York formarían una sola comunidad. Pero no es eso lo que está pasando. Nuestros vecinos virtuales se parecen cada vez más a los reales, y nuestros vecinos reales se parecen cada vez más a nosotros.
Tenemos cada vez más espíritu de grupo; pero poquísimo sentido de la comunidad. Y esto es importante porque del sentido de comunidad nace nuestra idea de un espacio público en el que tratamos de resolver los problemas que van más allá de nuestros intereses personales. Normalmente tendemos a reaccionar a una serie de estímulos muy limitados: leemos antes una noticia sobre sexo, política, violencia, famosos, o que nos hace reír. Este es el tipo de contenido que entra más fácilmente en la burbuja de filtros. Es fácil hacer clic en Me Gusta y aumentar la visibilidad del post de un amigo que ha participado en una maratón o ha hecho una receta de sopa de cebolla.
Es mucho más difícil hacer clic en Me Gusta en un artículo titulado Ha sido el mes más sangriento de los últimos dos años en Darfur. En un mundo personalizado, hay pocas probabilidades de que cuestiones importantes, pero complejas o desagradables, llamen nuestra atención. Todo esto no es particularmente preocupante si la información que entra y sale de nuestro universo personal se refiere solo a productos de consumo. Pero cuando la personalización también incumbe a nuestros pensamientos surgen otros problemas. La democracia depende de la capacidad de los ciudadanos para hacer frente a puntos de vista diferentes. Cuando sólo nos ofrece información que refleja nuestras opiniones, Internet limita esta confrontación. Aunque si a veces se nos hace cómodo para ver lo que queremos, en otras ocasiones es importante que no es así.
Como los viejos guardianes de las puertas de la ciudad, los técnicos que escriben nuevos códigos tienen el enorme poder de determinar lo que sabemos del mundo. Pero a diferencia de aquellos guardianes, los de hoy no se sienten defensores del bien público. No existe el algoritmo de la ética periodística. Una vez Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, dijo a sus colegas que “para un usuario una ardilla que muere en su jardín puede ser más relevante que todas las personas que mueren en África”. En Facebook, la relevancia es prácticamente el único criterio que determina lo que ven los usuarios. Concentrarse en las noticias más relevantes a nivel personal, como la ardilla muerta, es una gran estrategia de mercado pero nos deja ver sólo nuestro jardín y no las personas que sufren, mueren o luchan por la libertad en otros lugares.
No es posible volver al antiguo sistema de los guardianes, y tampoco sería justo, pero si ahora son los algoritmos los que toman las decisiones y determinan lo que vemos, debemos estar seguros de que las variables de que disponemos van más allá de la estrecha “relevancia” personal. Deben hacernos ver Afganistán y Libia, no solo Apple y nuestro cantante favorito.Como consumidores no es difícil determinar lo que para nosotros es irrelevante o poco interesante. Pero lo que es bueno para un consumidor no tiene por qué serlo para un ciudadano. No quiere decirse que lo que aparentemente nos gusta sea lo que realmente queremos, y mucho menos que sea lo que debemos saber para ser ciudadanos informados de una comunidad o un país.
Es nuestro deber como ciudadanos estar informados también sobre las cosas que parecen no merecer nuestro interés, según el experto en tecnología Clive Thomp. El crítico Lee Siegel lo dice de otra manera: “Los clientes siempre tienen razón, las personas no”.

Lobotomía global

Cuando entramos en la burbuja de los filtros, permitimos a las empresas que la construyen elegir qué alternativas podemos considerar.
Cuando entramos en la burbuja de los filtros, permitimos a las empresas que la construyen elegir qué alternativas podemos considerar.
La era de la personalización está poniendo todas nuestras expectativas en internet. Los creadores de la red han imaginado algo más grande y más importante que un sistema mundial para compartir imágenes de nuestro gato. El manifiesto de Electronic Frontier Foundation al inicio de los años 90, hablaba de una “cultura de la mente en el ciberespacio”, una especie de metacerebro global. Pero los filtros personalizados cambian las sinapsis del cerebro. Sin saberlo, nos estamos haciendo una lobotomía global.
Los primeros entusiastas de internet, como el creador de la web, Tim Berners-Lee, esperaban que la red sería una nueva plataforma desde la cual afrontar juntos los problemas del mundo. Creo que todavía puede serlo, pero antes debemos mirar entre bastidores, comprender qué fuerzas están impulsando la dirección actual. Tenemos que desenmascarar el código y sus responsables, a quienes nos han dado la personalización.
Si “código es ley” como ha declarado el fundador de Creative Commons, Larry Lessig, es importante comprender lo que están intentando hacer los nuevos legisladores. Debemos saber qué creen los programadores de Google y Facebook. Debemos entender qué fuerzas sociales y económicas están detrás de la personalización, cuáles son inevitables y cuáles no. Y tenemos que pensar qué significa todo esto para la política, la cultura y nuestro futuro.
Las empresas que utilizan los algoritmos deben asumir esta responsabilidad. Deben dejarnos el control de lo que vemos, diciéndonos claramente cuándo están personalizando y permitiéndonos modificar nuestros filtros.
Pero también nosotros debemos hacer nuestra parte, aprender a conocer los filtros para usarlos bien y pedir contenidos que aumenten nuestros horizontes, incluso cuando sean desagradables. Es por nuestro interés colectivo que tenemos que asegurarnos que internet expresa todo su potencial de medio revolucionario. Pero no podrá hacerlo si permanecemos encerrados en nuestro mundo online personalizado.
Eli Pariser, activista web y autor del libro “Filtros burbuja: las cosas que Internet te esconde”. Foto: TED.
Eli Pariser, activista web y autor del libro “La burbuja de los filtros: lo que Internet te oculta”.
Nota:
Eli Pariser, es activista web y autor del libro “La burbuja de los filtros: lo que Internet te oculta” (The Filter Bubble: What the internet is hiding from you) Nació en 1980 en Lincolnville, Maine. Ha sido el director de MoveOn.org, que reagrupa e incluye los movimientos de base de la izquierda estadounidense, y uno de los fundadores de Avaaz, una organización que apoya campañas para el medio ambiente y la democracia en todo el mundo. En febrero de 2011 tuvo lugar una Conferencia Ted sobre la burbuja de filtros, con el argumento de su libro The filter bubble.
Más información en:

En video, cuidado con la “burbuja de filtros”


(Tomado de Rebelión)

(Tomado de CUBADEBATE)

The New York Times | TECNOLOGÍA >> Amazon encuentra un equilibrio entre robots y empleados | Por NICK WINGFIELD 17 de septiembre de 2017


Amazon comenzó a introducir los robots en sus bodegas en 2014: máquinas que originalmente desarrolló Kiva Systems, una empresa que Amazon compró por 775 millones de dólares dos años antes. CreditBryan Anselm para The New York Times
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FLORENCE, Nueva Jersey — A finales del año pasado, Nissa Scott comenzó a trabajar en el almacén cavernoso de Amazon ubicado al sureste de Nueva Jersey, apilando contenedores de plástico del tamaño de un banco pequeño. Scott dice que no era la actividad más estimulante. Además, levantar los contenedores, que pesaban unos 11 kilos cada uno, también era agotador después de un turno de 10 horas.
Hoy, Scott, de 21 años, observa cómo su remplazo apila los contenedores: se trata de un gigante brazo mecánico de color amarillo brillante.
Su nuevo trabajo en Amazon es cuidar a varios robots al mismo tiempo, resolviendo sus problemas cuando es necesario y garantizando que tengan contenedores que cargar. Hace poco, la garra que se encuentra al final del brazo tomó un contenedor de la banda transportadora y lo apiló sobre otro contenedor, para formar columnas arregladas sobre tarimas de madera ubicadas alrededor del robot. Fue la primera ocasión en que Amazon mostró a un reportero ese brazo mecánico, la última generación de robots que utiliza en sus almacenes.
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Nissa Scott, de 21 años, vigila cómo un brazo robótico apila contenedores llenos de mercancía en una bodega de Amazon ubicada en Florence, Nueva Jersey. CreditBryan Anselm para The New York Times
“En mi opinión, es lo más desafiante para la mente que hay por aquí”, dijo Scott para referirse a su nuevo trabajo. “No es repetitivo”.
Tal vez no haya una empresa que personifique mejor las ansiedades y esperanzas alrededor de la automatización que Amazon. Muchas personas, entre ellas el presidente Trump, culpan a la empresa de haber destruido los trabajos tradicionales de las ventas minoristas al provocar que la gente comprara en línea. Al mismo tiempo, el crecimiento impresionante de la empresa la ha convertido en una máquina de empleos, con una necesidad insaciable de empleados de nivel básico para que trabajen en sus bodegas con el fin de satisfacer los pedidos de sus clientes.
La fuerza laboral a nivel mundial de Amazon es tres veces mayor a la de Microsoft y 18 veces más grande que la de Facebook y, la semana pasada, Amazon afirmó que abriría una segunda oficina en Norteamérica con una disponibilidad para 50.000 empleados.
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Los robots hacen posible el tipo de eficiencia que permite que los clientes pidan una gran variedad de productos 
y los reciban en un par de días. CreditBryan Anselm para The New York Times
Los robots hacen que el trabajo en el almacén sea menos tedioso y demandante en el aspecto físico, al mismo tiempo que hacen posible el tipo de eficiencia que permite que el cliente pida hilo dental después del desayuno y lo reciba antes de la cena.Para complicar aún más la ecuación, Amazon también está a la vanguardia de la automatización y ya ha encontrado nuevas formas de que los robots realicen el trabajo que alguna vez hicieron los empleados. En 2014, la empresa comenzó a introducir robots en sus bodegas: máquinas que originalmente desarrolló Kiva Systems, una empresa que Amazon compró por 775 millones de dólares dos años antes y que renombró como Amazon Robotics. En este momento, Amazon tiene más de 100.000 robots en acción por todo el mundo y planea añadir más.
“Es verdad que Amazon no podría funcionar con los costos que tiene y los precios que ofrece a sus clientes sin la automatización”, afirmó Martin Ford, futurista y autor de Rise of the Robots, un libro sobre la automatización. “Tal vez no recibiríamos nuestros pedidos en dos días”.
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Un brazo robótico en Florence, Nueva Jersey, toma contenedores llenos de mercancía con el objetivo de formar estanterías para otros almacenes de Amazon. CreditBryan Anselm para The New York Times
Las dinámicas entre las personas y las máquinas ocurren a diario en los almacenes de Amazon, los cuales se encuentran ubicados en lugares como Florence, Nueva Jersey, y Kent, Washington. En Kent, los robots parecen escarabajos gigantes que se apresuran mientras cargan anaqueles verticales sobre sus espaldas con mercancía que pesa hasta 1360 kilos. Cientos de ellos se mueven de forma autónoma dentro de una gran zona enjaulada y se siguen de cerca, pero no chocan.
En la orilla de la jaula, un grupo de trabajadores humanos —los “almacenadores”— meten productos en los anaqueles para rellenar su inventario. Los robots se llevan esos anaqueles y, cuando llegan las órdenes de los clientes para los productos que llevan en las espaldas, hacen filas en estaciones al otro lado de la jaula, como autos que esperan pasar por una caseta de cobro.
En ese lugar, los “recolectores” humanos siguen instrucciones en pantallas de computadora, toman los objetos y los colocan en contenedores de plástico, los cuales desaparecen en cintas transportadoras que llegan a los “empacadores”, personas que meten los productos en cajas de cartón destinados a los clientes.
Dave Clark, el alto ejecutivo a cargo de las operaciones en Amazon, señaló que la empresa quería que las máquinas realizaran la mayoría de las tareas monótonas y que las personas tuvieran trabajos que las mantuvieran ocupadas mentalmente.
“Tienes un nuevo objetivo cada vez”, afirmó Clark. “Encuentras cosas y las inspeccionas, tu mente está ocupada de un modo que creo que es importante”.
Los robots también reducen el tiempo que los empleados debían pasar caminando, lo cual hace que los recolectores de Amazon sean más eficientes y estén menos cansados. Además, permiten que Amazon coloque los anaqueles juntos, como autos en tráfico de hora pico, porque ya no se necesita espacio en los pasillos para los humanos. Mientras haya más densidad en el espacio de los anaqueles, habrá más inventario debajo de un techo, lo cual implica que los clientes tendrán una mejor selección.
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La empresa tiene más de 125.000 empleados en sus bodegas. CreditBryan Anselm para The New York Times
El almacén de Amazon en Florence es una muestra del tipo de trabajo en que las máquinas superan a las personas. Ocho brazos mecánicos operan en las instalaciones: una bodega donde se separan grandes cantidades de mercancía en unidades pequeñas y se distribuyen en centros de logística y envíos por todo el país.
Los brazos tienen el extraño nombre de “paletizadores robóticos”, pero los trabajadores les han dado una pizca de personalidad: cada uno tiene una etiqueta pegada con nombres como Stuart, Dave y otros de los minions de las películas Mi villano favorito. A diferencia de los robots en la bodega de Kent, cuyos diseños se basaron en las máquinas que Amazon obtuvo por medio de su adquisición de Kiva, estos brazos provienen de una empresa externa.
Amazon comenzó a instalarlos a finales del año pasado, no mucho tiempo después de que abrieran la bodega en Florence. El brazo robótico está configurado para recoger únicamente contenedores de tamaño estándar y no recoge objetos de otras dimensiones. En una demostración de las posibilidades a futuro, Amazon presentó una simulación de realidad virtual con prototipos de los conceptos de los nuevos robots, entre ellos un brazo adaptado con un elevador de horquilla para que mueva las tarimas.
Cuando Amazon instaló los robots, algunas personas que antes apilaban los contenedores, como Scott, tomaron cursos en la empresa para convertirse en operadores de robots. Muchos otros se cambiaron a las estaciones receptoras, donde clasifican de forma manual cajas grandes con mercancía y las meten en los contenedores. No se despidió a nadie cuando se instalaron los robots, y Amazon encontró nuevas funciones para los trabajadores desplazados, aseguró Clark.
“La gente no se fue a ningún lado”, agregó.
La pregunta es qué sucederá cuando lleguen las generaciones futuras de robots.
Por el momento, hay tareas en las bodegas —por ejemplo, recoger objetos individuales de los anaqueles, con todas sus diferentes formas y tamaños— en las que la gente supera a los robots. Amazon ha sumado 80.000 empleos en bodegas en Estados Unidos desde que introdujeron a los robots de Kiva, con lo cual alcanzaron un total de 125.000 empleados en los almacenes. Además, la empresa aseguró que continuará la oleada de contrataciones en las bodegas.
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Amazon mencionó que continuará la oleada de contrataciones en las bodegas. CreditBryan Anselm para The New York Times
Sin embargo, las empresas emergentes y los investigadores están luchando para superar los obstáculos técnicos pendientes. Amazon incluso patrocina un concurso anual para impulsar más innovación en la categoría.
Ford, el autor del libro sobre automatización, cree que solo es cuestión de tiempo para que cambie el panorama del empleo en los almacenes de Amazon.
“Supongo que esta tecnología eventualmente desplazará a mucha gente de esas bodegas”, señaló Ford. “No diría que va a desaparecer una gran cantidad de trabajos de un día para el otro. Tal vez el primer indicio es que no se deshacen de las personas, pero el ritmo de creación de trabajos es más lento”.
Clark de Amazon dijo que la historia demostraba que la automatización aumenta la productividad y, en algunos casos, la demanda de los consumidores, lo cual finalmente crea más trabajos. Explicó que los empleados de los almacenes continuarán trabajando en entornos llenos de tecnología.
“Es un mito que la automatización destruya el crecimiento neto del empleo”, afirmó.
En el caso de las instalaciones en Florence, la automatización abrió una nueva oportunidad para Scott.
En un momento, uno de los brazos tiró una bolsa y mandó por el suelo poco más de una decena de filtros de plástico para café con forma de cono. Scott presionó un botón con el fin de detener el brazo para que ella pudiera recoger el desastre de forma segura.
Después, los brazos comenzaron a trabajar de nuevo.
“El robot trabajará lo mismo todo el día”, mencionó Edward Cohoon, quien supervisa a Scott y otros trabajadores de Amazon mientras se ocupan de cuidar a los robots individuales. “Sus estómagos no gruñen”.
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The New York Times | TECNOLOGÍA > Google, Facebook y Amazon son monopolios; es hora de desintegrarlos | Por JONATHAN TAPLIN 27 de abril de 2017


“The Menace of the Hour”, una caricatura antimonopolio de 1899 CreditUniversal History Archive / Uig, vía Getty Images

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En solo diez años la lista de las cinco empresas más grandes del mundo, según la capitalización del mercado, ha cambiado y solo permanece Microsoft. Exxon Mobil, General Electric, Citigroup y Shell Oil se quedaron fuera; Apple, Alphabet (la empresa matriz de Google), Amazon y Facebook las remplazaron.
Todas son empresas de tecnología y cada una domina su área de la industria: Google tiene una participación en el mercado del 88 por ciento en publicidad de búsqueda; Facebook (y sus subsidiarias Instagram, WhatsApp y Messenger) tiene el 77 por ciento del tránsito social móvil, y Amazon tiene una participación del 74 por ciento en el mercado del libro electrónico. En términos económicos clásicos, las tres son monopolios.
Nos han transportado a principios del siglo XX, cuando Louis Brandeis le presentó los argumentos sobre “la maldición de la grandeza” al presidente estadounidense Woodrow Wilson. Brandeis quería eliminar los monopolios, porque (en palabras de su biógrafo Melvin Urofski) “en una sociedad democrática la existencia de grandes centros privados de poder es peligrosa para la vitalidad continua de un pueblo libre”. No necesitamos ver más allá de la conducta de los grandes bancos en la crisis financiera de 2008 o del papel que Facebook y Google tienen en el negocio de las “noticias falsas” para saber que Brandeis tenía razón.
Mientras que Brandeis generalmente se oponía a la regulación —pues le preocupaba que inevitablemente provocara la corrupción del regulador— y en vez de eso defendía la desintegración de la “grandeza”, hizo una excepción para los monopolios “naturales” como los servicios de teléfono, agua y las compañías de electricidad y ferrocarriles, en las que tenía sentido tener una o menos empresas que controlaran la industria.
¿Es posible que esas empresas —y sobre todo Google— se hayan convertido en monopolios naturales al ofrecer toda la demanda del mercado por un servicio, a un precio más bajo que lo que ofrecerían dos firmas rivales? Si es así, ¿ha llegado la hora de regularlas como servicios públicos?
Consideremos una analogía histórica: los primeros días de las telecomunicaciones.
En 1895, una fotografía del distrito empresarial de una gran ciudad podría haber mostrado veinte cables telefónicos conectados a la mayoría de los edificios. Cada cable era propiedad de una empresa distinta y ninguna de ellas trabajaba con las otras. Sin efectos de red, las redes por sí mismas eran casi inútiles.
La solución era que una sola empresa, American Telephone and Telegraph, consolidara la industria al comprar a todos los pequeños operadores y crear una sola red… un monopolio natural. El gobierno lo permitió, pero después reguló este monopolio a través de la Comisión Federal de Comunicaciones.
Se regularon las tarifas de AT&T (también conocido como Bell System) y se requirió que gastara un porcentaje fijo de sus ganancias en investigación y desarrollo. En 1925, AT&T estableció Bell Labs como una subsidiaria aparte con la autoridad para desarrollar la siguiente generación de tecnología de comunicaciones, pero también para realizar investigaciones básicas en física y otras ciencias. A lo largo de los siguientes 50 años, los pilares de la era digital —el transistor, el microchip, la celda solar, la microonda, el láser, la telefonía celular— salieron de Bell Labs, junto con ocho ganadores del Premio Nobel.
En un decreto de consentimiento de 1956 en el que el Departamento de Justicia permitió que AT&T mantuviera su monopolio telefónico, el gobierno extrajo una gran concesión: todas las patentes registradas obtuvieron una licencia (para cualquier empresa estadounidense) sin regalías, y todas las patentes futuras obtendrían una licencia por una pequeña tarifa. Esto permitió la creación de Texas Instruments, Motorola, Fairchild Semiconductor y muchas otras empresas.
Es verdad, el internet nunca tuvo los mismos problemas de interoperabilidad. Y la ruta de Google para dominar es distinta que la de Bell System. Sin embargo, tiene todas las características de utilidad pública.
Pronto tendremos que decidir si Google, Facebook y Amazon son monopolios naturales que necesitan regularse, o si permitimos que continúe el statu quo, fingiendo que los monolitos sin restricciones no infligen daño en nuestra privacidad y democracia.
Es imposible negar que Facebook, Google y Amazon han bloqueado la innovación a gran escala. Para empezar, las plataformas de Google y Facebook son el punto de acceso a todos los medios para la mayoría de los estadounidenses. Mientras que las ganancias de Google, Facebook y Amazon han aumentado, las ganancias de negocios como la edición de periódicos o la industria de la música han caído el 70 por ciento desde 2001.
De acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales, las editoriales de diarios perdieron más de la mitad de sus empleados entre 2001 y 2016. Miles de millones de dólares se han trasladado de los creadores de contenido a los propietarios de plataformas monopólicas. Todos los creadores de contenido que dependen de la publicidad deben negociar con Google o Facebook como distribuidor, la única vía de escape entre ellos y la vasta nube del internet. No solo los diarios resultan afectados. En 2015 dos asesores económicos de Obama, Peter Orszag y Jason Furman, publicaron un artículo en el que argumentaban que el ascenso del “retorno supernormal del capital” en las firmas con competencia limitada está provocando un ascenso en la desigualdad económica. Los economistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts Scott Stern y Jorge Guzmán explicaron que, en presencia de estas firmas gigantes, “se ha vuelto cada vez más ventajoso ser titular y menos ventajoso ser un nuevo participante”.
Hay algunas regulaciones obvias con las cuales comenzar. El monopolio se logra por medio de la adquisición, como Google, que compró AdMob y DoubleClick; Facebook, que compró Instagram y WhatsApp; Amazon, que compró, por mencionar solo algunos, Audible, Twitch, Zappos y Alexa. Como medida mínima, no se debería permitir que estas empresas adquieran otras grandes firmas, como Spotify o Snapchat.
La segunda alternativa es regular a una empresa como Google a manera de utilidad pública, y que deba cumplir requisitos como obtener licencias para patentes mediante una tarifa nominal para sus algoritmos de búsqueda, intercambios publicitarios y otras innovaciones clave.
La tercera alternativa es eliminar la cláusula del “refugio seguro” de la Ley de Derechos de Autor del Milenio Digital de 1998, la cual permite que empresas como Facebook y YouTube, de Google, utilicen el contenido producido por otros. La razón por la que hay 40.000 videos del Estado Islámico en YouTube, muchos con anuncios que generan ganancias para quienes los publicaron, es que YouTube no tiene que responsabilizarse por el contenido que está en su red. Facebook, Google y Twitter afirman que controlar sus redes sería demasiado oneroso. Pero eso es absurdo: ya controlan las redes para bloquear la pornografía, y lo hacen bastante bien.
Eliminar la provisión de refugio seguro también obligaría a las redes sociales a que pagaran por el contenido publicado en sus sitios. Un simple ejemplo: un millón de descargas de una canción en iTunes le generaría al artista y a la disquera cerca de 900.000 dólares. Que la misma canción se escuchara un millón de veces en YouTube les generaría cerca de 900 dólares.
No creo en el engaño de que, con magnates libertarios de la tecnología como Peter Thiel en el círculo interno de Trump, la regulación antimonopolio de los monopolios del internet será una prioridad. En última instancia, puede que debamos esperar cuatro años; en ese periodo, los monopolios serán tan dominantes que el único remedio será desintegrarlos. Obligar a Google a vender DoubleClick. Obligar a Facebook a vender WhatsApp e Instagram.
Woodrow Wilson tuvo razón cuando dijo en 1913 que “si los monopolios persisten, el monopolio siempre estará al mando del gobierno”. Ignoramos sus palabras bajo nuestro propio riesgo.
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