Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionEl sudeste de Asia vive sus peores inundaciones en décadas.
India, Bangladesh y Nepal están enfrentando las peores inundaciones registradas en el sur de Asia en años.
Más de 1.200 personas han muerto por causa de las mismas y millones han tenido que abandonar sus hogares.
Los tres países sufren frecuentes inundaciones durante la temporada de lluvias del monzón -que comienza en junio y dura hasta finales de septiembre u octubre-, pero la Cruz Roja calificó las de este año como las peores en décadas.
Según Naciones Unidas, 41 millones de personas han resultado afectadas por las inundaciones que apenas ahora comienzan a remitir, aunque otras organizaciones humanitarias hablan de 16 millones de damnificados.
Pero según una vocera de la Cruz Roja ,"se le ha puesto mucha atención a otros desastres en otras partes del mundo en estos momentos y el sureste de Asia ha sido ignorado".
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionAunque India, Nepal y Bangladesh sufren frecuentes inundaciones durante la temporada del monzón, las de este año son las peores en décadas, según la Cruz Roja.
Corinne Ambler, quien trabaja con la Cruz Roja en Bangladesh, también le dijo a la BBC que las inundaciones ahí eran "las peores en 40 años".
"Creo que en el resto del mundo la gente no tiene idea de la escala de este desastre: 8,6 millones de personas han sido afectadas, tres cuartos de un millón de casas destruidas o dañadas. En enorme", lamentó Ambler.
"Solamente había agua. Había muchas casitas y grupos de casas perdidas entre grandes cantidades de agua y pudimos ver muchos campos completamente cubiertos de agua, agua hasta donde alcanzaba la vista", dijo de un sobrevuelo por las zonas inundadas.
Mientras que en el caso de Nepal, que aún lucha por recuperarse del impacto del terremoto de 2015, la ONU calificó a las inundaciones como las peores de los últimos 15 años.
Derechos de autor de la imagenAFPImage captionEl estado de Bihar, en India, es uno de los más afetados.
Las autoridades nepalíes dijeron que más 140 personas murieron y hay decenas de desaparecidos.
Hasta el momento se estima que en ese país hay 1,7 millones de afectados y cerca de 100.000 familias fueron desplazadas.
Pero la dimensión total del desastre "aún se desconoce ya que muchas áreas afectadas permanecen inaccesibles debido a los daños en carreteras y puentes", se lee en un reporte de Naciones Unidas.
Otra zona particularmente afectada ha sido el estado indio de Bihar, donde murieron más de 500 personas.
Y las lluvias prácticamente paralizaron a Mumbai, la capital financiera de India.
Caos en Mumbai
En el caso de Mumbai, hogar de 20 millones de personas, por el momento solamente se han reportado cinco muertos.
Pero decenas de miles de personas han quedado varadas en medio del caos de tráfico provocado por las lluvias, y varias zonas de la ciudad permanecen inundadas.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLas fuertes lluvias ocasionaron un caos en el trasporte de Mumbai, que tiene 20 millones de habitantes.
Residentes en Dharavi, uno de los mayores suburbios de Asia -en el que vive más de un millón de personas, dijeron que la mayoría de las partes más bajas del área están bajo agua
"Muchas de las casas en Dharavi quedaron sumergidas en el agua y perdimos todos nuestros objetos de valor", le contó Selvam Sathya, de 45 años, a AFP.
"Todos nos refugiamos en la primera planta de varios edificios", dijo.
Las continuas construcciones en terrenos inundables y zonas costeras, así como la cantidad de residuos plásticos que obstruyen los canales y drenajes, hacen que la ciudad sea particularmente vulnerable a las tormentas.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionEl mal drenaje y la falta de planeación en la construcción son dos de los factores que hacen de Mumbai especialmente vulnerable a las tormentas.
Las actuales inundaciones en Mumbai traen a la memoria las sufridas en 2005, cuando murieron centenares de personas.
La electricidad, el suministro de agua, las redes de comunicación y el transporte público se cayeron completamente durante la catástrofe de 2005, atribuida a la falta de planeación en el desarrollo de la ciudad.
Jahiruddin Mewati, el jefe de Peepli Khera, una pequeña población de Uttar Pradesh donde recientemente se cometió un asesinato. CreditAndrea Bruce para The New York Times
PEEPLI KHERA, India — Durante mi última semana en India, fui a despedirme de Jahiruddin Mewati, el jefe de una pequeña población. No éramos precisamente amigos pero a lo largo de los años habíamos pasado varias horas charlando sobre política local.
Me parecía un hombre sin escrúpulos pero sincero. Él sospechaba de mis motivos pero yo lo entretenía. Jahiruddin era un político veterano que acababa de ganar una reñida elección local; hablaba con franqueza sobre el lado sucio de su trabajo. Ocupaba un puesto reservado para mujeres de castas inferiores, pero todo el mundo sabía que aquello era una farsa; el nombre de su esposa había aparecido en la boleta electoral, pero fue el rostro de Jahiruddin el que apareció en el póster de la campaña.
Casi todo lo que hacía en el gobierno local era transaccional, para asegurar los votos de pequeños grupos de castas y familias. Parecía funcionarle bastante bien.
Entre su electorado favorito se encontraba una comunidad de antiguos pordioseros, de las personas más pobres que conocí en India. Los había visitado con regularidad a lo largo de dos años y sus vidas habían mejorado de manera sorprendente, en algunos casos gracias a la intervención de Jahiruddin.
Jahiruddin parecía inquieto por la noticia de mi partida y, tal vez dando por hecho que no tendría otra oportunidad, me acribilló con preguntas durante los siguientes 45 minutos: “¿Por qué los británicos se fueron de India?”; “Si los británicos se fueron, ¿por qué sigues aquí?”; “¿Qué es lo que a ustedes más les gusta comer?”; “¿Crees que hago preguntas tontas?”; “En Estados Unidos, si tú me gustas y te robo, ¿tu padre me mataría?”; “¿Qué ganas con las historias que escribes desde aquí?”; “¿Cuánto dinero tienes en el banco?”; “¿Es verdad que los blancos no son honestos?”.Había convencido —es decir, sobornado— a líderes de castas para que le permitieran a sus mujeres trabajar como jornaleras, y el aumento en sus ingresos se reflejó en las casas de ladrillo y los niños bien alimentados. Gracias a un nuevo subsidio, las mujeres habían recibido estufas de gas, lo que las había liberado de la agobiante tarea de buscar leña. Este cambio me pareció una revolución discreta.
Le prometí seguir en contacto y nos despedimos de manera amistosa. Poco tiempo después, alguien me habló de un asesinato en Peepli Khera y me di cuenta de que debía visitarlo una vez más.Continue reading the main story
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Anjum dijo que vio cuando Geeta fue asesinada por su esposo. CreditAndrea Bruce para The New York Times
Jueves: un rumor funesto
Cuando escribía reportajes en Peepli Khera, solía instalarme en casa de una mujer llamada Anjum, que vivía al lado de una bomba manual de agua que era un gran centro de rumores. Estaba ahí cuando escuché que una mujer había sido asesinada el año pasado, apaleada hasta la muerte por su marido frente a por lo menos una decena de personas.
Anjum me contó que los gritos de la mujer la habían despertado, por lo que se fue dando traspiés en la oscuridad a la casa de la vecina, a unos seis metros de la suya. La mujer, Geeta, estaba acurrucada en el baño de sus vecinos mientras su marido la golpeaba con una vara de bambú, una y otra vez.
“La saqué de ahí a rastras para tratar de protegerla”, le contó Anjum a mi colega Suhasini, quien traducía. “Nadie la protegía. Todos se quedaron mirando”.
Pero cuando Anjum se alejó, el marido de Geeta —un hombre llamado Mukesh— se paró por encima de Geeta, que se había desplomado en la esquina de un catre de cuerdas, y la golpeó con la vara en la cabeza varias veces más. Ella murió en el lugar.
Anjum dijo que habían llamado a la policía por el asesinato pero los funcionarios cerraron la investigación casi de inmediato, dejando libre a Mukesh tras unas cuantas horas.
De hecho, un día antes de mi visita, Mukesh se había vuelto a casar con una mujer más alta y de piel más blanca que la difunta, y ahora se pavoneaba en su motocicleta con su nueva esposa sentada en el asiento trasero. El hermano de Mukesh, Bablu, se encontraba cerca de la casa de Anjum, y nos dijo que su hermano había sorprendido a Geeta engañándolo y por eso la había matado.
“Estaba triste”, dijo Bablu refiriéndose a su hermano. “Pero ayer se consiguió otra esposa, así que, ¿por qué tendría que estar triste?”.
En la estación de policía más cercana, a unos cuantos kilómetros, enviaron a un joven agente, Jahangir Khan, a hablar con nosotros. Llevaba un rifle cuya cacha estaba amarrada con un alambre; él calculaba que era de “los tiempos de Hitler”.
Esta es una versión resumida de nuestra conversación:
Policía: Ella estaba dormida en la terraza; se levantó a orinar. Había una escalera de madera, una escalera de bambú. Se resbaló cuando iba bajando la escalera y se pegó en la cabeza.
Reportera: ¿Pero sus lesiones no sugerían algo más violento?
Policía: Si te pegan con una vara, basta con que te peguen en un lugar en la cabeza para que te mueras. Pero cuando te caes de una escalera, no solo te pegas en la cabeza. Ella tenía siete u ocho marcas en el cuerpo, lo que quiere decir que no la golpearon con una vara, sino que rodó escaleras abajo.
Reportera: Parece poco probable que una se haga ese tipo de herida en la cabeza al caerse de las escaleras. Sería más probable romperse el cuello.
Policía: Cuando uno se cae de las escaleras, le salen moretones por todas partes.
Reportera: ¿Pero acaso los vecinos no le dijeron que la golpearon?
Policía: Algunos de los vecinos dijeron que el marido la había matado. Pero la esposa estaba bien. Se veía fuerte, bien alimentada y contenta, y tenía dos niños. Estaba saludable, rolliza como tú.
Después de un rato, el agente me indicó que no tenía más tiempo para hablar del caso. Mientras se alejaba, me dijo: “Esta es la artimaña que usan los países extranjeros. Vas a escribir algo. Van a leer lo que escribiste y dirán: ‘Ese país no progresará sino hasta dentro de cien años’”.
No pude más que estar de acuerdo con lo último que dijo el agente. En la última década, tanto en Rusia como en la India, cientos de veces me habían hecho esa misma pregunta de distintas formas: “¿Quién eres tú para venir a decirnos qué está mal de nuestro sistema?”. Y es cierto, la corresponsalía en el extranjero tiene, en general, un tufo a colonialismo.
Me preocupaba, como sugirió el agente, escribir demasiado sobre la violencia.En India, donde millones de personas salen de la pobreza extrema cada año, hay muchas cosas que motivan y dan esperanza: he escrito sobre la transformación que han causado los teléfonos celulares y el acceso a internet, o sobre el momento en que las jóvenes reciben su sueldo por primera vez, o incluso sobre lo que significa para una familia tener un aire acondicionado.
Sin embargo, la transición de la pobreza extrema a la pobreza común es sutil y difícil de describir. La violencia se escribe sola.
Hablé con dos mujeres que vivían en el patio donde Mukesh mató a su mujer. Un día después limpiaron con sus propias manos la sangre que estaba en el piso. Después cubrieron todo el patio con una fina capa de estiércol de vaca, que al secarse se endurece como si fuera yeso.
Las nuevas esposas se encuentran en el escalón más bajo de la jerarquía familiar, lo que quiere decir que cuando la comida escasea, las mujeres jóvenes no comen, incluso si están embarazadas. Las reglas de castas les prohíben sentarse en sillas o catres si hay alguien de mayor jerarquía presente, lo cual ocurre casi todo el tiempo, así que las entrevisté sentada en un catre, mientras ellas me miraban desde el suelo.
Cuando les pregunté sobre la muerte de Geeta, la mujer de mayor edad contestó en voz apenas audible, porque su respuesta era distinta al consenso del pueblo. “Estuvo mal”, dijo. “¿Qué va a pasar ahora si mi marido me golpea?”.
Cuando hablamos con Mukesh, se encontraba en su terraza acompañado por su nueva esposa. Cuando le preguntamos si había matado a su anterior esposa, nos relató con lujo de detalles cómo lo había hecho. La nueva consorte dijo que creía que Geeta se merecía que la mataran y que Mukesh no debería preocuparse por eso.
La esposa actual estaba emocionada porque cocinaba en una estufa de gas, la que Geeta había recibido antes de su muerte. Nos dijo que le complacía usar las joyas y el maquillaje de Geeta.
Solo parecía que le molestaba una cosa, y era que sus parientes políticos le habían dicho que de ahora en adelante se llamaría de otro modo: ahora se llamaba Geeta.Continue reading the main story
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Jahangir Khan, el joven policía que propagó la versión oficial que calificaba el asesinato de Geeta como un accidente.CreditAndrea Bruce para The New York Times
Sábado: Otra conversación con la policía
Al día siguiente, volvimos a hablar con el agente y le llevamos una grabación de la confesión de Mukesh que había guardado en mi teléfono. El policía parecía un poco intranquilo. Dijo que no quería hablar con nosotros en la estación y nos invitó a un puesto de té que queda cruzando la calle.
Pero como en el local había media decena de policías con uniformes color caqui que estaban en su descanso, nos llevó a un cuchitril que era un taller mecánico de tractores y ahí nos sentamos frente a frente; él en una silla de jardín y yo en un catre.
“Cuando tenemos información de cualquier tipo”, dijo, “hay que ir e investigar. Cada historia tiene dos lados. Tenemos que dar por hecho que ambos lados están diciendo la verdad. Mukesh nos dijo que ella se cayó de las escaleras. Nosotros hablamos con la familia de la chica. La madre nos dijo por escrito que su hija se cayó de las escaleras”.
Si me hubieran preguntado en aquel momento, habría tenido problemas para explicar por qué la verdad importa, ya que ninguna de las personas con las que había hablado parecía interesada en reabrir el caso. Pero seguí cuestionándolo y él siguió mintiendo hasta que ambos nos cansamos.
Nos quedamos sentados sin decir nada después de agotar todas las formas de reformular nuestra postura, mientras él miraba hacia la pared del fondo del taller y, totalmente de la nada, dijo algo sobre Mahatma Gandhi.
“Aquí la gente cuelga el retrato de Gandhi en las paredes”, contó, “pero no siguen las reglas de Gandhi”. Le pregunté si le gustaba ser policía y negó con la cabeza.
Después nos pidió que lo lleváramos a su casa. Me pregunté si únicamente le interesaba subirse a una camioneta con aire acondicionado, pero tan pronto como emprendimos la marcha, comenzó a hablar, sin mirarnos, con la vista fija al frente. “Se lo diré, fue un asesinato”, exclamó.
Nos contó que los familiares de Mukesh habían sobornado a los oficiales de alto rango en la estación de policía, pero que eso no podría haber pasado sin los enormes esfuerzos del jefe del poblado, Jahiruddin Mewati, para convencer a la madre de Geeta de que retirara la denuncia de asesinato.
Repudiaba todo el asunto. “Me siento mal por esto”, dijo. “Esa es la razón por la que quiero dejar este empleo. El 99 por ciento de los casos se manejan así. Me molesta mucho. Soy un hombre honesto. Les puedo mostrar a cuatro hombres aquí que pueden violar a una mujer tan fácil como quitarle un dulce a un niño, pero nunca los van a arrestar”.
Dijo que quería convertirse en chofer y me preguntó si podía ayudarle a conseguir una visa para Estados Unidos. Me preguntó qué edad tenían mis padres y dónde vivían, y si era cierto que mucha gente padecía diabetes en Estados Unidos. Le respondí que era cierto y mirándome con extrañeza contestó: “¿Por qué querría vivir en un lugar como ese?”.Continue reading the main story
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El lugar donde Geeta fue asesinada por su esposo.CreditAndrea Bruce para The New York Times
Domingo: Las explicaciones del jefe
Así que volví al patio de Jahiruddin, pero armada con un expediente lleno de pruebas de que había violado la ley. Fue un cambio en la dinámica de nuestra relación. Puse el teléfono sobre la mesa, justo frente a él, para que pudiera ver que estaba grabando. Hubo un momento, mientras nos escuchaba hablar, en el que su hijo trató de advertirle que se estaba incriminando, pero a Jahiruddin no le importó en lo más mínimo. Dijo que se sentía orgulloso de haber cerrado el caso.
No era porque pensara que Geeta merecía morir ni porque su marido mereciera escapar al castigo. Se trataba de una cuestión más práctica. La familia extendida de Mukesh controlaba 150 votos; Jahiruddin había ganado su última elección con 91. Un caso de asesinato habría manchado su casta y, al negociar el encubrimiento, había rendido un valioso servicio a un banco de votos clave. Podrían ayudarlo a reelegirse.
“En la India, no se vota en nombre del desarrollo”, dijo. “En la India, no se vota para hacer algo bueno. Se vota en aras de la casta, la familia, la comunidad. Y así el diez por ciento de la gente dirá: “Hizo algo bueno por mí’”.
No había sido fácil, dijo. La policía había exigido un soborno considerable a la familia de Mukesh. Explicó que la parte más difícil fue convencer a la madre de la víctima de retirar la denuncia.
La madre era jornalera, una mujer menudita de piel oscura que trabajaba en una construcción, acarreando la mezcla de cemento todo el día en una cesta sobre la cabeza. Nunca había hablado con un policía hasta el día de la muerte de su hija, mucho menos con el jefe del pueblo. Pero al ver el estado del cuerpo de su hija se enfureció. Mukesh la había golpeado tan fuerte, dijeron sus parientes, que se podía ver el cráneo a través de la piel abierta de su cuero cabelludo.
Jahiruddin dijo que se había tardado cinco horas en convencer a la madre hasta que cedió. “Estaban firmes. Ellos dijeron: ‘No permitiremos que ocurra’. No querían ceder. Querían que a la chica le hicieran la autopsia”, dijo.
La igualdad en India es igualdad entre grupos. La justicia es la justicia colectiva. El sentimiento de triunfo que me había inspirado interrogar al agente había desaparecido por completo. Igual que mi simpatía por el jefe del poblado, quien se percató de ello.
“No soy codicioso. No tengo ni un ápice de codicia. Es un servicio. Tal vez pienses que lo que me motiva son los votos de los pobladores”. Cuando mi semblante cambió dejó de intentar convencerme y se animó.
“Tú estás aquí por una especie de codicia”, sentenció. “Andas en busca de noticias. ¿Pero yo que obtengo a cambio? Ya te di dos horas de mi tiempo. ¿Eso qué significa para ti?”.
De regreso a Delhi, nos detuvimos en el pueblo donde vivía la madre de la difunta, pero ya no esperaba mucho interés en nuestra investigación. La madre de la mujer había aceptado lo que el jefe del poblado le había dicho, que echar por tierra el caso de asesinato era lo mejor para los cuatro hijos de Geeta. Que las consecuencias de provocar un conflicto entre clanes relacionados habrían acarreado graves consecuencias para ella. Era lo mejor, dijo. Me di cuenta de que no veía la hora de que nos fuéramos, pero no se atrevía a decirlo.
A su lado, con las rodillas a la altura de su mentón, estaba un niño de unos 8 años, que había escuchado toda la conversación. Resultó ser el hijo de Geeta. Echaba chispas por los ojos, pero no decía nada, y cuando le pregunté qué pensaba de toda esta situación dijo que su padre era un bueno para nada.
“Mi padre no quería a mi madre”, dijo tan bajito que tuve que inclinarme hacia él para escucharlo. Su abuela lo miró con cariño y dijo: “Tal vez se vengará cuando crezca”.
GORAKHPUR, India — Rondaban las seis de la mañana del 11 de agosto cuando se acabó el oxígeno, según recuerda Mohamed Jahid, el padre de una pequeña que estaba muy enferma y recibía atención médica en un hospital del gobierno indio.
La situación era apremiante, pero los padres de los niños que se encontraban en la unidad de terapia intensiva no entraron en pánico… porque no tenían idea de qué estaba pasando.
La mayoría de los padres y familiares presentes reaccionaron como Jahid: pensaron que se trataba de un procedimiento rutinario cuando las enfermeras desconectaron los respiradores que habían mantenido vivos a sus hijos, les entregaron pequeños resucitadores manuales de plástico y rápidamente enseñaron a los padres cómo utilizarlos.
En cuanto vio a su hija intentando respirar, Jahid se apresuró a ayudarla.
“No dejé de bombear”, aseguró. Echó un vistazo a la sala. Ningún padre dejaba de bombear. Desconocían que la reserva de oxígeno del hospital había estado disminuyendo de manera constante desde que el proveedor dejó de suministrar oxígeno líquido por falta de pago. Ese viernes, a pesar de las advertencias repetidas del proveedor y de los técnicos del hospital, se acabó el oxígeno.
Continue reading the main storyPara cuando se había estabilizado el flujo, más de 60 niños habían muerto. Muchos padecían de encefalitis japonesa y otras enfermedades tropicales. Puede ser que hayan muerto por otras causas, pero los doctores admitieron que es probable que la interrupción del oxígeno haya cobrado al menos varias vidas.
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Los doctores con un paciente el 12 de agosto en Gorakhpur, en el estado de Uttar Pradesh CreditRajesh Kumar Singh/Associated Press
La muerte de los niños ha provocado la indignación nacional en India y fue de los temas más discutidos al tiempo que se realizaban las celebraciones del setenta aniversario de la independencia del país, la semana del 14 de agosto.
El hospital de gobierno, parte de la Facultad de Medicina Baba Raghav Das de la ciudad de Gorakhpur, era considerado el mejor de la zona, un faro de esperanza para millones de personas.
Ahora es visto como un símbolo de un sistema de salud que destaca por su saturación, el mal manejo y la frecuente corrupción. Este episodio dejó en claro que el sistema sanitario es de tal tamaño, y se mueve tanta gente dentro de este, que no se suelen corregir los errores sino hasta que se han perdido muchas vidas.
La Facultad de Medicina es una muestra de la escala de ese sistema. Es una red enorme de edificios que cuenta con casi mil camas y pasillos que miden tres metros de ancho y tienen el largo de una cuadra citadina. Con tal saturación de pacientes, algunos de los cuales llegan de cientos de kilómetros de distancia, en ocasiones los doctores trabajan turnos dobles de 36 horas con descansos de apenas seis horas, y hay de dos a tres niños por cama. Las familias acampan donde pueden y los sacos de dormir, las cobijas, las jarras de agua y sus latas de comida obstruyen los pasillos.Continue reading the main story
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Un miembro del personal del hospital revisa los nuevos cilindros de oxígeno que llegaron la semana siguiente al fallecimiento de los menores.CreditRajesh Kumar Singh/Associated Press
Por el caso ahora hay un mayor escrutinio del gobierno del primer ministro Narendra Modi, principalmente porque Gorakhpur es el bastión de uno de los aliados más polémicos del jefe de Estado, Yogi Adityanath. Recientemente, este político divisorio y asceta hindú se convirtió en ministro en jefe del estado más poblado de India, Uttar Pradesh; con 200 millones de personas, ahí vive más gente que la población de casi todas las naciones del mundo.
Ante la pregunta de a quién se debía culpar de la tragedia, varios de los padres de los niños que murieron mientras no hubo oxígeno dijeron llanamente: “A la corrupción”.
La respuesta inicial del gobierno al problema del oxígeno fue insinuar que era perfectamente normal que murieran diez niños al día en un hospital de Gorakhpur, en especial durante esta época del año —la temporada de lluvias—, cuando las nubes de mosquitos propagan la mortal encefalitis japonesa, un virus que produce inflamación del cerebro y convulsiones. Esta explicación fue ampliamente criticada por el nivel tan alto de insensibilidad.
La respuesta del gobierno del estado sigue siendo confusa. La administración de Adityanath insiste en que el problema del oxígeno no causó ninguna muerte, aunque no se ha realizado ninguna autopsia. Al mismo tiempo, las autoridades suspendieron al director de la Facultad de Medicina y pidieron que haya una investigación exhaustiva.Continue reading the main story
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Los padres y familiares de los pacientes menores de edad duermen en los corredores del Hospital Universitario Baba Raghav Das.CreditRajesh Kumar Singh/Associated Press
Brahamdev Yadav, un agricultor que cultiva arroz, nunca había oído de la encefalitis japonesa pero supo que sus gemelos recién nacidos estaban enfermos en cuanto puso su mano en su frente.
El 3 de agosto, Yadav los llevó al hospital, casi al mismo tiempo en que el proveedor de oxígeno del hospital había aumentado las solicitudes de pago. En una serie de cartas dirigidas a la Facultad de Medicina, el proveedor insistía en que debía pagar sus propias cuentas y que no podía seguir suministrando oxígeno líquido al sistema central de oxígeno del hospital a menos que se cubriera la deuda de 100.000 dólares, informaron los medios de India.
Los servidores públicos indios suelen exprimir “comisiones” de sus proveedores. Incluso después de que se conceden contratos públicos, los proveedores usualmente tienen que rebajar sus costos para obtener su pago, y es un secreto a voces que la mejor manera de lubricar la maquinaria burócrata es por medio de pagos de 2 a 5 por ciento para los funcionarios a cargo. Ante la pregunta de a quién se debía culpar de la tragedia, varios de los padres de los niños que murieron mientras no hubo oxígeno dijeron llanamente: “A la corrupción”.
Los medios indios señalaron que ya se sospechaba que el director de la Facultad de Medicina, R. K. Mishra –quien renunció después de lo sucedido– malversaba dinero público. Han desaparecido millones de dólares en otros escándalos de corrupción del servicio público de salud en Uttar Pradesh.
Mientras tanto, es evidente que la Facultad de Medicina necesita todos los recursos posibles. A pesar de que la nueva sección destinada al tratamiento de la encefalitis japonesa, con sus ventanas de cristal y máquinas que no dejan de hacer ruidos, cuenta con la tecnología más avanzada, hay otras partes del hospital que se encuentran en un abandono caótico. Los muros tienen agujeros gigantes, los pasillos apestan a orina, abundan las bombillas inservibles y el agua gotea del techo para después acumularse en charcos en el piso.
La capacidad del hospital “está rebasada diez veces”, afirmó el doctor K. P. Kushwaha, el exdirector de la Facultad de Medicina.Continue reading the main story
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Un grupo de mujeres se asoma hacia la unidad de cuidados intensivos del Baba Raghav DasCreditCathal McNaughton/Reuters
Los doctores afirmaron que muchos hospitales indios son como este, lo que tiene consecuencias mortales. En 2011, dieciséis madres de recién nacidos murieron en un hospital abarrotado de personas en Jodhpur, antes de que se descubriera que muchas bolsas para líquido intravenoso estaban contaminadas con bacterias. Ese mismo año, murieron veintidós bebés en otro hospital en un periodo de cuatro días, aunque las causas de la muerte siguen sin aclararse.
El 11 de agosto, antes de que se terminara el oxígeno, Jahid llegó a la Facultad de Medicina con su hija de 5 años, a quien le costaba trabajo respirar y ardía en fiebre. Arribó al sanatorio apenas cinco horas después de que Gorakhpur Newsline, un sitio web de noticias locales, publicara un artículo en el que advertía que el suministro de oxígeno del hospital estaba a punto de acabarse.
Jahid, un vendedor de joyas, no vio el reportaje. Como la mayoría de los otros padres con hijos internados en el hospital, había pasado por instalaciones médicas más pequeñas para llegar ahí.
“Me dijeron que la llevara a la Facultad de Medicina, donde hay buenos doctores y máquinas, y que estaría bien”, recordó. Jahid mencionó que hubo cinco cortes de oxígeno el viernes.
Alrededor del mismo momento en el que Jahid y su hija llegaron ahí, murieron los gemelos recién nacidos de Yadav. Los dos usaban respiradores. Tenían diez días de haber nacido y ni siquiera tenían nombre. “Pensé en quitarme la vida”, comentó Yadav.Continue reading the main story
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Al centro, Mohamed Jahid, el padre de Kushi, una menor de cinco años que murió en el hospital Baba Raghav Das.CreditJeffrey Gettleman/The New York Times
Cuando se difundió la noticia de la muerte de los niños, el hospital hizo un esfuerzo por realizar un pago parcial del oxígeno. Llegó una entrega de oxígeno líquido la mañana del sábado 13 de agosto. Los funcionarios del hospital insisten en que el suministro únicamente fue suspendido durante un intervalo de dos horas, entre las 23:30 de la noche del jueves y la 1:30 en la madrugada del viernes.
Aseguran que llevaron tanques de oxígeno comprimido mientras hubo escasez y que mantuvieron el flujo de oxígeno en áreas cruciales, como la unidad de terapia intensiva. Sin embargo, varios padres negaron esa declaración, porque señalaron que el flujo de oxígeno no se había restaurado sino hasta la noche del viernes, cuando aparecieron los periodistas con cámaras de video.
Varios de los pediatras que fueron entrevistados en el hospital dijeron que sería difícil determinar la causa de cada una de las muertes de los 60 niños que fallecieron, pero que el corte en el suministro del oxígeno había sido el causante de la pérdida de al menos dos o tres vidas.
Jahid no puede dejar de pensar en qué podría haber hecho de manera distinta. Sentado en su casa, mientras sostenía la foto de su hija, Khushi, Jahid comentó que había bombeado el resucitador manual lo mejor que pudo.
“Era tan cariñosa”, comentó el abuelo de Khushi. “Me traía té, me traía comida, me traía agua”.
Observó el callejón que se encuentra enfrente de la casa de la familia, como si la viera salir de ahí de nueva cuenta para dirigirse hacia él, y dijo en voz baja: “Era como mi mano”.