SANTIAGO — El poeta chileno Pablo Neruda, ganador del Premio Nobel de Literatura, no murió de cáncer como indica su certificado de defunción, según un grupo internacional de expertos forenses que analizaron muestras de sus restos.
Es probable que la conclusión, anunciada el viernes en Santiago, la capital de Chile, aumente las especulaciones acerca de que Neruda pudo haber sido asesinado.
Poeta, diplomático y senador del Partido Comunista de Chile, Neruda murió el 23 de septiembre de 1973 a los 69 años, dos semanas después de un golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende. Se informó que la causa de muerte fue el cáncer.
Sin embargo, en 2011, su antiguo chofer, llamado Manuel Araya, afirmó en una entrevista con una revista mexicana que unos médicos de la clínica privada en Santiago donde trataban a Neruda lo envenenaron inyectándole una sustancia desconocida en el estómago. Araya no fue testigo de la inyección, pero dijo que Neruda se la describió en su lecho de muerte cuando los dos estuvieron solos.
Expertos forenses en una conferencia de prensa celebrada el viernes en Santiago de Chile. Los más recientes exámenes de los restos de Pablo Neruda revelan que la caquexia por cáncer no fue la causa de su fallecimiento. CreditRodrigo Garrido/Reuters
En 2013, el juez chileno Mario Carroza ordenó la exhumación de los restos de Neruda y envió muestras a laboratorios de genética forense en Canadá y Dinamarca para su análisis.
Ahora estos expertos plantean dudas sobre la causa del fallecimiento y han dicho que encontraron una bacteria potencialmente mortal en una de las muestras, un molar.
El certificado de muerte de Neruda establecía como causa del deceso la caquexia por cáncer, que implica una pérdida de peso significativa, pero todos los especialistas forenses han encontrado que eso es imposible.
“Eso no puede ser correcto”, dijo Niels Morling, del departamento de medicina forense de la Universidad de Copenhague y quien participó en el análisis. “No había señales de caquexia. Al momento del deceso era un hombre obeso. Todas las demás circunstancias en la última fase de su vida apuntan a algún tipo de infección”.
La verdadera causa de su muerte, así como el origen de la bacteria, siguen sin conocerse. De acuerdo con el equipo de expertos, las bacterias mortales pueden haberse colado a los restos del esqueleto de Neruda desde el lugar donde está enterrado, o bien derivarse del proceso de descomposición.
“No podemos confirmar cómo llegó ahí la bacteria”, dijo Debi Poinar, investigadora asistente del Departamento de Antropología de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá. “Debemos ser muy cuidadosos, pues hay muchas bacterias que se originan en la tierra y algunas de ellas son de las más patógenas. Tenemos algunos indicios de que se trata de una bacteria vieja, no moderna ni fabricada en laboratorio”.
Después de entregar sus hallazgos a Carroza, se pidió a los expertos que continúen investigando durante un año más para tratar de determinar el origen de la bacteria, lo cual podría definir si Neruda fue asesinado.
Los famosos farallones de Capri, con el antiguo puerto de Tragara a la derechaCredit. Jorge Carrión para The New York Times
Antes de los perros malapartianos, fueron las cabras los animales emblemáticos de esta isla: mamíferos saltimbanquis y trepadores, perfectos para estos parajes escarpados. ¿No serían cabras lejanas lo que avistaron en estas costas los primeros marineros, confundiéndolas con sirenas? ¿No serían extrañamente seductores aquellos balidos, cantos estrambóticos distorsionados por el viento?
En “Entre las ruinas”, su crónica sobre Capri, el mitómano, viajero y narcisista escritor británico Bruce Chatwin recuerda que en “la isla de las cabras” construyeron sus casas al borde de sendos acantilados “tres narcisistas”: Axel Munthe, el barón Jacques Adelswärd-Fersen y Curzio Malaparte. En esa brillante crónica de viaje, en que resume la biografía de los tres personajes mientras recorre sus escenarios (y que puede leerse como un autorretrato en espejo cóncavo por su interés por lo extraordinario y el ego desbordado), Chatwin menciona el libro de Malaparte Donna como me (1940), “una serie de fantasías autobiográficas con títulos como Una mujer como yo o Un perro como yo”. No hay duda de que la casa selfi fue también una fantasía trans, pero con vocación de testamento o sarcófago. No en vano escribió sobre Mussolini: “Muss, gran imbécil adorado, cadáver como yo”.
Trescientos metros más adelante, ya casi en el pueblo que abandoné hace cerca de tres horas, me detengo en el número 14 para espiar, tan discreta, la Casetta di Arturo donde pasó unos meses Pablo Neruda. Ninguna placa lo recuerda en la fachada, para que no se concentren los turistas, pero el cronista de viajes sabe que su obligación es ver lo que otros no vieron, de modo que ante la ausencia de respuesta en el interfono, escalo como una cabra caprese y miro.La Casa come Me va quedando atrás, pero siguen a mi lado los acantilados y los pinos, en esta anfibia Via Tragara que se abisma por momentos, pero que jamás pierde la urbanidad, la elegancia, pues al fin y al cabo bordea fincas privadas, carísimas, en uno de los centros mundiales del turismo pijo. Tras dejar abajo el antiguo puerto de Tragara —una playita con tumbonas y parasoles—, protegido por esas grandes moles erosionadas —viejos dioses en coma— que el mapa llama Faraglioni, me encuentro con otro de los edificios icónicos de Capri: el hotel Punta Tragara. Desde 1973 ofrece vistas privilegiadas desde sus terrazas y sus piscina, con un martini en una mano y una ostra en la otra; pero durante el medio siglo anterior fue una villa privada, que en la época deLa pielalojó a los generales Dwight Eisenhower y Mark Clark, y al presidente Winston Churchill.
Miro la escalera que desciende por el barranco y, sombreados por una gran encina, el patio y la casa que Edwin Cerio —patriarca de la familia más poderosa de la isla— prestó al poeta y a su nueva pareja, Matilde Urrutia. La invitación llegó como agua de mayo. Estamos en 1952 y, por presión de la dictadura chilena, el Ministerio del Interior de Italia ha emitido una orden de expulsión inmediata. Pero un grupo de intelectuales intercede y logra que la orden sea suspendida. Entonces: un telegrama, una invitación a pasar el invierno y la primavera en Capri. En lugar de ir con su mujer, Delia del Carril, lo hace con su amante. Lo que antes se llamaba su musa: gracias a ella escribió algunos versos memorables en Las uvas y el viento y Los versos del Capitán (“entonces al fondo de tú y al fondo de yo / descubrimos que estábamos ciegos / adentro de un pozo que ardía con nuestras tinieblas”); y por culpa de ella publicó otros que dan un poco de vergüenza ajena (“y luego en la miel oceánica navega la estatua de proa, / desnuda, enlazada por el incitante ciclón masculino”).
La Casa de Arturo, donde Edwin Cerio, patriarca de la familia más poderosa de la isla, alojó a Pablo Neruda y a su nueva pareja, Matilde Urrutia.CreditJorge Carrión para The New York Times
Neruda vivió en Capri una vida humilde en una casa humilde, impropia: una vida de aceitunas y vino, de odas elementales. Aunque política y artísticamente Malaparte y él sean antagónicos, me doy cuenta ahora de que interior de la Villa Malaparte, tal como se ve en las fotos y en las secuencias de La piel y de El desprecio, se parece muchísimo al interior de las casas de Neruda con vistas al mar: la de Valparaíso y sobre todo la de Isla Negra. La crónica de viaje tiende hacia la unidad aristotélica (de acción, de espacio y de tiempo), de modo que no abriré aquí una larga digresión sobre aquel viaje que, desde su torre en Santiago de Chile, me llevó a las tres casas de Neruda, a sus tres museos de coleccionista estrambótico, a sus tres arquitecturas poéticas. Pero las tres las imagino perfectamente en Capri, por ejemplo en la punta de Massullo.
Seguí paseando por Capri después de espiar la casa adúltera de Neruda; leí y escribí mientras comía en un restaurante cercano a la casa de Yourcenar; visité el Centro Caprense Ignazio Cerio (recuerdo sobre todo los esqueletos de cabras); regresé a Nápoles y regresé a mi casa. Y seguí leyendo a Malaparte y sobre Malaparte, a los perros de Capri y sobre los perros de Capri. Y mirando películas y navegando por pantallas: uno nunca sabe cuándo empieza ni cuándo acaba una crónica.
Cuenta Malaparte en Diario de un extranjero en Parísque de niño era débil, enfermizo, alguien dominado por la imaginación. El hogar familiar se encontraba en la Via Magnolfi de Prato, el pueblo donde se crió: “A los dos años, quité un ladrillo del suelo de mi habitación y, viendo que debajo había arena, pensé que aquella arena era el mar. Me pasaba horas con el oído pegado a aquella arena, para escuchar el mar, la voz del mar”. Su padre le regaló una caracola y él construyó su propio mar en aquella habitación infantil con juguetes extraños. Se pasó la vida imaginando islas y cuando quiso darse cuenta él mismo era un volcán rodeado de desiertos.
“A los dos años, quité un ladrillo del suelo de mi habitación y, viendo que debajo había arena, pensé que aquella arena era el mar. Me pasaba horas con el oído pegado a aquella arena, para escuchar el mar, la voz del mar”.
CURZIO MALAPARTE EN 'DIARIO DE UN EXTRANJERO EN PARÍS'
El desprecio es cine sobre el cine: una construcción en abismo. Narra en segundo plano cómo Fritz Lang —que se interpreta a sí mismo— rueda en Cinecittà y en Capri una adaptación de La Odisea de Homero. Entre planos de estatuas griegas, la tragedia de Penélope y Ulises la encarnan el personaje de Brigitte Bardot, rubia o morena según el momento de la película, y el de su pareja Michel Piccoli, dramaturgo que recibe el encargo de reescribir el guión, que no satisface al arrogante productor americano que la financia. La Villa Malaparte es en la ficción la mansión que acoge toda su arrogancia. Y en la ficción dentro de la ficción, en el rodaje que tiene lugar en su azotea, el cine y el amor son entregados en holocausto a los dioses antiguos, porque las escaleras en tecnicolor de la casa conducen a un gran altar que se prolonga en el horizonte azul.
Alberto Moravia, quien trabajó para Malaparte en La Stampa antes de la guerra y vivió en Capri con su esposa Elsa Morante, se divorció de ella al mismo tiempo que escribía El desprecio. Cuando Godard preparaba y ejecutaba la adaptación cinematográfica de esa novela, sufrió la crisis sentimental que lo llevaría al divorcio de la actriz Anna Karina y la crisis ideológica que lo volvió maoísta.Son los mismos años en que se fragua la última voluntad de Malaparte, fallecido en 1957, que donó su casa a la República Popular China, porque después del fascismo y antes de la muerte, todavía tuvo tiempo de idolatrar a Stalin y a Mao Zedong y de pedir —en los ciento veinte días de su agonía— que el Papa Pío XII fuera a visitarle a su habitación de moribundo. En el hospital recibió un mensaje del alcalde de Capri: la isla se reconciliaba con él, aunque él hubiera preferido que la despedida la firmaran sus perros.
Varias semanas después de regresar termino de leer Malaparte. Vidas y leyendas, la completísima biografía de Maurizio Serra. En el epílogo dice que cuando él visitó la villa en junio de 2010 conoció a una perrita, Luna, “aún asustadiza a causa de los malos tratos recibidos antes de llegar aquí, que se ofrece con cautela a nuestras caricias y prefiere ir a hurgar a un recinto de hierba, en el que Malaparte había creado un cementerio canino”. Menciona también a Alessia y Niccolò Rositani Suckert, que gestionan la casa. Busco en vano sus emails en la red, sus perfiles en Facebook. ¿A quién más menciona Serra?: una pianista, un finlandés, una mexicana. La busco en Messenger. La encuentro. Es la profesora Maya Segarra Lagunes. La contacto. Me responde.
Me responde que prefiere no opinar sobre la casa. Le digo que no quiero opiniones, sino hechos. Al cabo de dos días me da su correo electrónico y me dice que la propietaria de la villa, Alessia Rositani, y ella misma responderán a mis preguntas por e-mail. Tardan un mes en contestar, pero la espera merece la pena.
“Desde el primer momento, mi relación con la casa fue de profundo respeto y admiración; pero al mismo tiempo de obstinada fascinación por conocerla y comprenderla en cada uno de sus detalles, en cada una de sus soluciones”, me escribe Segarra Lagunes: “El objetivo es, en el futuro, seguir investigando sus secretos, para comprender a fondo el por qué de cada una de esas originales e intrigantes soluciones arquitectónicas, que no dejan todavía hoy de sorprender a la cultura arquitectónica mundial“.
Por eso precisamente entrevisto largamente a Alessia Rositani Suckert, que gestiona junto con su marido (bisnieto de Malaparte, hijo de Lucia Ronchi) los derechos y el legado del escritor, porque descubro que son ellos quienes conocen más a fondo la casa autobiográfica. Me cuenta que Malaparte era consciente de que no existían relaciones legales entre China e Italia cuando, provocativamente, dejó supuestamente en herencia la casa al gobierno de Mao: “Fue un gesto para alentar el diálogo entre Oriente y Occidente, él siempre abogó por la libertad de expresión y por la apertura, la Casa come Me también representa eso”.
Se definen como una “familia tradicional, de valores católicos”, que trabaja junto con su hijo Tommaso en la defensa del legado malapartiano. La villa es parte esencial de ese legado: “Es muy delicada y es maltratada constantemente por el mar, la sal, la intemperie, precisa atenciones continuas, por eso contamos con un equipo de personas excepcionales que se encargan de la manutención, todas ellas hijas o nietas de empleados de Curzio, como el hijo de su tapizador”. Nunca han recibido dinero público para las obras: “Somos jóvenes y podemos trabajar para pagar nuestros gastos, el dinero del Estado debe ir a los hospitales y a los necesitados”.
Aunque se trate de una residencia privada y ellos vivan en Florencia, alojan regularmente en ella a escritores, traductores y arquitectos. Quienes sí viven permanentemente allí son las amas de llaves y los perros. No puedo evitar contarle que yo caminé por sus alrededores, imitando una secuencia de Godard, el pasado 9 de junio. Y que vi unos personajes a los lejos. Y un perrito: “Probablemente se tratara de mi hijo, o quizá de nuestro traductor al holandés, Jan Van der Haar, con Stephanie La Porte, que estaban trabajando en la casa. Y el perro podía ser una gran danés negra, llamada Agata; o nuestro querido Febo, un golden retriever; o Luna, nuestra pobre huérfana, a quien a menudo mandamos de expedición para que cace las gaviotas que nos arruinan el tejado”.
Le pregunto si Malaparte y Neruda se conocieron en Capri: “No lo sé, te lo investigo en el archivo”. Paso la hora y media de espera caminando por la via Tragara a través de Google Maps, buscando mi fantasma pixelado, sobrevolando la Casa como Me, buscando el cambio de perspectiva que me permita acabar esta búsqueda, esta crónica.
“He revisado desde el año 48 hasta el 55 y sólo he encontrado este artículo, que me parece intrigante”, leo tras minimizar la isla en 3D. Se trata de un texto publicado en La Nación de Chile el 25 de septiembre de 1953, que da testimonio del día en que Malaparte visitó en su casa de Santiago a Neruda. La describe pormenorizadamente y concluye: “Es un clima mágico: cada mueble tiene el valor de un ídolo o de un fetiche”.
La conversación, en francés, comienza en la entrada, prosigue en salón y en la biblioteca, termina en el jardín. Al escritor italiano le fascina la colonia de caracolas de mar que habita en la biblioteca: “No hay nada que dé la idea del mar como las conchas; del mar como arquitectura, como geografía, como patria”, escribe, y cuenta que Neruda llama a cada caracola por su nombre. Una viene de Java, otra de México, ésta de Ceylon, aquella otra de Valparaíso: “De Capri, de Cuba, del desierto de Atacama: todo el mar y todos los océanos del mundo están en estas caracolas”.
Un rincón de la isla de Capri donde se divisa la Villa Malaparte, la casa construida entre 1938 y 1942 donde vivió el escritor Curzio Malaparte. crédito Jorge Carrión para The New York Times
Jorge Carrión viaja a la isla de Capri en busca de dos casas y de una mirada: las casas donde vivieron los escritores Curzio Malaparte y Pablo Neruda; y la mirada del director de cine Jean Luc Godard. Por el camino descubre una isla literaria y artísticamente fascinante.
Curzio Malaparte no le ladraba a la luna, sino a los perros de esta isla. Cuenta en Diario de un extranjero en París que aprendió a hablar con ellos durante su confinamiento de los años treinta en Lipari, una de las Islas Eolias, las hermanas menores de Sicilia: “No tenía a nadie más con quien hablar”. Subía a la terraza de su triste casa junto al mar y se pasaba largas horas “ladrando a los perros, que me contestaban, y los pescadores de Marina Corta me llamaban el perro”.
Siguió haciéndolo en el París de 1947, tras catorce años de exilios italianos, castigado y encarcelado una y otra vez por el régimen de Mussolini que él apoyó en sus primeros pasos con la misma intensidad con que después lo repudió. Pero eran los gatos de la rue Galilée quienes le respondían: “Tuve que dejar de hablar con los gatos en la lengua de los perros, porque los gatos no querían y me insultaban”.
Pero fue sobre todo aquí, en Capri, donde el autor de Kaputt ladró y ladró y continuó ladrando, por las noches, aunque los isleños le llamaran el loco y se quejaran a los soldados americanos, que le pidieron que dejara de hacerlo; pero Malaparte pidió audiencia con el almirante Morse, oficial al mando, quien le dijo: “Tiene usted derecho a ladrar si quiere, porque ahora Italia es un país libre. Mussolini ya no está. Usted puede ladrar”.
Esa masa vacacional es muy real: me recibe amorfa. El cronista de viajes sabe que al lector no le interesa el turismo. De modo que no describiré lo que se desparrama por el puerto a las nueve de la mañana: la corriente que hace colas para embarcar en ferris hacia Ischia, Sorrento o Nápoles; la que llega para la excursión a la Grotta Azzurra, o para coger el teleférico que te sube por dos euros al pueblo de Capri, o para tomar un taxi descapotable que hace el mismo recorrido, en el mismo tiempo, por un zigzag de curvas de veinte euros, propina aparte.¿Será todo eso cierto?, me pregunto mientras desembarco tras una hora de travesía en ferri desde Nápoles. Mitómano y narcisista son algunos de los adjetivos que siempre acompañan al nombre de Kurt Erich Suckert, nacido en La Toscana en 1898 de padre alemán y madre italiana, fallecido hace exactamente sesenta años, cuyo pseudónimo fue una torsión irónica del apellido de Napoleón y cuya vida y obra fueron contradictorias, extraordinarias, profundamente europeas, entre la crónica y la novela, entre las vivencias increíbles y la imaginación verosímil; una vida narrada por sí mismo en clave de eso que desde hace ya cuarenta años llamamos autoficción —y que él practicó mucho antes que ningún otro—.
Cambio de párrafo y, por arte de elipsis, estoy ya en el camino que me conducirá a un plano cinematográfico, a un casa mítica, vista desde lejos. He venido a buscar perros y una mirada. Los nietos de los perros con los que dialogaba Malaparte y la mirada que me llevó a su casa. Esa casa me condujo a un camino. Y ese camino, según el mapa que me acaban de regalar en la oficina de turismo de Capri, une a esa casa filmada con una casa que no pudo serlo.
La mirada le pertenece a Godard: para Le Mépris, una película suya de 1963, rodó varias escenas en la Villa Malaparte; pero la que me sedujo no ocurre allí mismo, sino a lo lejos. Dos hombres con sombrero caminan por un sendero escalonado, sombreado por una compacta arboleda. La cámara les sigue mientras bajan hasta que, de pronto, hace un movimiento que el espectador no podía prever: se desvía hacia la derecha y muestra la gran casa roja, el submarino de piedra varado en lo alto de un acantilado, lejano.
Y dos figuras minúsculas, en la terraza también roja que parece una pista de aterrizaje: una se queda, la otra baja las escaleras. Era un cine para ser visto en el cine: cada vez que he pulsado play en la pantalla de mi computadora la silueta del hombre y la mujer se han ido confundiendo, camaleónicas, con sendos píxeles.
La casa que, en cambio, no pudo ser filmada es mucho menos famosa y mucho más discreta: en ella se alojó Pablo Neruda durante los meses de invierno que pasó aquí a principios de los cincuenta con Matilde Urrutia. Cuando casi medio siglo más tarde se rodó la película Il Postino, la isla ya era demasiado turística, había cambiado demasiado, como para lograr que se pareciera a la que había conocido el poeta chileno. Michael Radford y su equipo rodaron en otros parajes y el guión obvió mencionar la palabra “Capri”.
Como los viajes son lo que ocurre mientras haces otros planes de viaje, lo primero que me encuentro en el camino que debe conducirme a las dos casas que he venido a ver es una tercera casa, inesperada. El cronista de viaje sabe que la digresión la inventó un viajero. En el número 4 de la Traversa Croce vivió en 1938 Marguerite Yourcenar, dice una placa de letras azules sobre fondo blanco. Escribió que toda isla es un microcosmos, un universo en miniatura.
En el número 4 de la Traversa Croce vivió en 1938 Marguerite Yourcenar, dice una placa de letras azules sobre fondo blanco. CreditJorge Carrión para The New York Times
En la puerta de al lado han instalado una tienda de productos típicos de Ucrania, Polonia, Rumanía, Rusia, Bulgaria y Moldavia. Capri fue refugio de todas las anomalías de los siglos pasados, de todas las desviaciones. Las sofisticadas amigas lesbianas, intelectuales y artistas de los años de entreguerras aparecen, por ejemplo, en Extraordinary Women (1928) noveladas por el marido de una de ellas, Compton Mackenzie (su esposa, Faith, tuvo una aventura con la pianista Renata Borgatti). Y los fumadores de opio y adictos a todo, con Jacques d’Adelswärd Fersen en su centro, fueron retratados en L’Exilé de Capri(1959), de Roger Peyrefitte.
Extraterritorial y multilingüe como Tánger, igualmente proscrita y refugio y oasis e infierno: contó siempre con la ventaja de estar rodeada de azul. Las sociedades engendran normas que acorralan, implacables, los desvíos. Pero hasta que llega ese momento, todos los desviados, todos los originales, todas las almas libres, todos los adictos y los inclasificables tratan de aprovecharse del paréntesis.
Yourcenar escribió aquí su novela El tiro de gracia en 1938, pero había estado el año anterior con la americana Grace Frick, en un viaje de bodas que atravesó Italia de norte a sur y sobre el cual sabremos los detalles en 2037, cuando sea posible leer al fin la correspondencia entre ambas (no imaginaron que varias décadas antes todos ya estaríamos preparados para ello). Marguerite Yourcenar, por cierto, era el pseudónimo de Marguerite de Crayencour. La literatura tiene algo de baile de máscaras.
El cronista de viajes sabe que es cuerpo que camina bajo un sol cada vez más incisivo y, como se ha dejado el sombrero en el hotel de Nápoles, le pide protector solar a dos turistas estadounidenses que van por la misma calle bien cogidas de la mano. Con el cráneo embadurnado, dejo atrás la via Sopramonte y me adentro en la via Matermania, que pronto se convierte en un mirador en cada recodo, y en un desvío al Arco Naturale —ese marco que encuadra un lienzo biazul—, y en una escalinata entre pinos, escalones bien construidos, apuntalados con cemento, en esta isla urbanizada y no obstante puro vértigo.
Y en cierto momento, aunque no lleve sombrero, de pronto soy uno de los dos hombres con sombrero que bajan por aquí, cada paso un fotograma, que cincuenta años no son nada y el cine viaja a la velocidad de la luz. Voilà, ahí está el submarino rojo y antediluviano: la Casa come Me.
En una escena de la película "Le Mépris", de Jean Luc Godard, dos hombres caminan por un sendero escalonado, sombreado por una compacta arboleda. La cámara los sigue hasta que de pronto se desvía a la derecha y muestra la gran casa roja.CreditJorge Carrión para The New York Times
Malaparte se enamoró de Capri en 1936, a los 38 años cuando ya tenía un currículum literario que incluía novelas como Sodoma y gomorra, ensayos como Inteligencia de Lenin o Técnicas de golpe de Estado, además de su experiencia en el frente, en periodismo, en diplomacia y en conspiraciones. Le compró a un pescador ese promontorio del cabo Masullo y se dispuso a erigir allí un autorretrato en forma de hogar.
Si en arquitectura la norma de Capri era la que habría certificado el escritor, ingeniero y alcalde Edwin Cerio, organizador del congreso sobre el paisaje y la arquitectura de la isla de 1922, donde se acordó la línea estilística (blancura y sencillez mediterráneas) que debía predominar, el monstruo o el desvío o el alma libre es ese selfi en espejo cóncavo, ese manifiesto futurista rojo y rectilíneo, esa Casa come me, la casa que he venido a ver porque es parte de la bibliografía de un gran creador y porque aparece en una película de Godard: la Villa Malaparte, construida entre 1938 y 1942, firmada por el arquitecto Adalberto Libera, pero en realidad parida sobre todo por su dueño y señor.
“En esa terraza improbable estuvieron escritores fascistas y comunistas, actrices italianas y norteamericanas, militares, cónsules y espías de toda Europa, amantes”.
En ese tejado plano al que se accede por una escalinata homérica, Malaparte extendió infinitas veces la mirada como hace un capitán en proa y siempre vio el mismo paisaje mítico pero con miles de variantes, porque él no creía en la historia y por tanto podían convivir en aquellos peñones y aquellas islas y aquella costa el mundo cristiano y el precristiano, la erupción del Vesubio y el esplendor de Pompeya, Virgilio y Leopardi y Plinio el Viejo, Andrómeda llorando encadenada a una roca, Perseo asesinando a un monstruo, sus hermanas malapartianas: las sirenas.
En esa terraza improbable estuvieron escritores fascistas y comunistas, actrices italianas y norteamericanas, militares, cónsules y espías de toda Europa, amantes. En la mesa de Malaparte no cabían más de ocho comensales, ocho era también el número máximo de invitados que podía alojar: en el interior de la isla había otra isla en forma de casa —que miro desde el mismo lugar donde lo hizo la cámara de Godard—.
En esa terraza estuvo sobre todo él, solo con su perro y solo como un perro. Así nos lo muestran la mayoría de fotos que se conservan: con los brazos en cruz, las manos enguantadas apuntando hacia el cielo, a caballo de una bicicleta de carreras, preparándose para pedalear desde Nueva York a San Francisco en 1955; y con sus distintos perros, en brazos, en las piernas, en plena caricia, las orejas gachas, blancos y negros. Pulso play de nuevo en mi cabeza y Brigitte Bardot toma una vez más el sol desnuda en esa misma azotea que veo a lo lejos, boca abajo, un libro de fotografías en blanco y negro le cubre apenas las nalgas.
Y bajo ese tejado legendario, frente al ventanal del salón, más de veinte años después de muerto, por arte del play Malaparte repite lo que dijo en La piel, pero esta vez con el cuerpo y la voz de Marcelo Mastroianni que lo encarna en la adaptación cinematográfica de 1981: “Me preguntó si había comprado la casa tal cual o si la había proyectado y construido yo mismo. Le respondí —aunque no era verdad— que la había comprado tal cual. Y con un amplio gesto de la mano señalé la pared de Matromania, los tres colosales escollos de los farallones, la península de Sorrento, las islas de las Sirenas, el lejano azul del litoral amalfitano y el remoto esplendor de la costa de Paestum, y le dije: ‘Yo he proyectado el paisaje’”.
Me conformo con imitar el travelling de Godard sin sombrero y seguir encaramado a este peñasco al borde del camino, porque es a lo máximo a lo que puedo aspirar: según las personas a las que he preguntado en Nápoles y las páginas web que he consultado, la casa no se puede visitar. Por eso he mirado tantas veces las escenas de El desprecio y La piel y los vídeos de Youtube y las fotos que muestran ese interior inaccesible. Las máscaras abisinias, las alfombras finlandesas, los cuadros y la mesa de despacho que ya no están. El retrato de Campigli, la impresionante chimenea, el gran bajorrelieve de Pericle Fazzini, los paisajes naturales enmarcados por las ventanas, sobre todo, lo que sigue allí.
Dicen quienes estuvieron alojados en su casa que llevaba una vida espartana, sin apego a los objetos. Lo que más le gustaba era mirar la costa y el mar sublimes, tanto en los días de sol como en los de mal tiempo. También escribía y leía y comía y follaba y miraba la tele. Pero no está mal recordarlo así a final de párrafo: abrazado a su perro, dejándose invadir por ese oleaje que, cuando arreciaba la tormenta, inundaba el piso inferior y salpicaba de espuma blanca y gaseosa el brillante tejado rojo, de pronto submarino barro y mate que se sumerge, espía.
Hace ya cuarenta minutos que miro y fotografío en completa soledad (solo ha pasado una pareja estadounidense y él me ha preguntado qué era esa casa tan weird y yo se lo he explicado y ellos, wow, very interesting, thank you, bye) cuando de pronto aparecen dos píxeles, tal vez tres.
Sí: tres píxeles que salen de la casa y bajan por la escalinata de piedra que conduce al embarcadero. Podría ser una pareja de Hollywood: no puedo verles las caras, pero se mueven con glamur, ella con pamela blanca, él con panamá blanco, ella con vestido blanco, él con pantalones cortos negros y camisa azul celeste, ella con un bolso de playa, él con una maletita de ruedas. Alguien los acompaña hasta la lancha que los espera, con una maleta en cada mano, que entrega al capitán o pescador o taxista. La pareja sube y se despide. La tercera persona les dice adiós. Y de pronto hay un perro a sus pies, un perrito que se despide con ladridos que no puedo oír, pero puedo imaginar.
La lancha se va: ya sólo queda la estela. La tercera persona y el perrito suben de nuevo por la escalinata.
¿Quiénes serán? Los pasos dejan de ser fotogramas y vuelven a ser lo que siempre fueron: latidos. Empiezo a alejarme y el plano cinematográfico y la casa van quedando atrás.
Compruebo en la pantalla del iPhone que me he hecho un buen selfi con su selfi perfecto al fondo. Y sigo caminando.