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EL PAÍS | Turquía amenaza a Holanda y acusa a Merkel de apoyar a los terroristas > Ankara suspende las relaciones de alto nivel con La Haya por el veto a sus ministros | CLAUDI PÉREZ Bruselas 14 marzo, 2017


El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, durante su discurso en Estambul este domingo. AFP / ATLAS

Turquía solicitó la adhesión a la UE allá por 1987; desde entonces, la relación Ankara-Bruselas es un formidable imán para todos los problemas. Turquía es esencial para la política migratoria europea y está en negociaciones para entrar en la Unión. Pero el flirteo con Rusia, las reformas antidemocráticas recientes y el último rifirrafe con Holanda, que incluye acusaciones de nazismo, han llevado la tensión a máximos. Bruselas ha reprendido este lunes con suma dureza al Ejecutivo turco. En una escalada diplomática de trazo grueso, Ankara ha amenazado con represalias a Holanda y la UE, y el presidente Recep Tayyip Erdogan ha acusado a Merkel de “apoyar a los terroristas”. El viceprimer ministro turco, Numan Kurtulmus, ha anunciado la suspensión de las relaciones oficiales con Holanda a nivel ministerial.
“La UE es un geriátrico en estado cuasi comatoso. Nuestras relaciones están a punto de alcanzar un punto de no retorno”, decía un vociferante Erdogan en 2011 ante el portazo europeo a su candidatura de adhesión, que va y viene en función de las circunstancias. Puede que ese punto de no retorno esté más cerca que nunca. Erdogan llamó “nazi” al Gobierno holandés este fin de semana, después de que Holanda negara la entrada a dos de sus ministros para participar en mítines en favor de la reforma constitucional que los turcos votarán en abril, y ayer dio un zarpazo aún más arriba al acusar a la canciller alemana de dar apoyo al terrorismo “de forma abierta”.
Frente a los excesos retóricos del presidente turco, Merkel cerró filas con los holandeses y su círculo calificó de “absurdas” esas acusaciones. Varios socios europeos se han sumado a la prohibición de esos actos protagonizados por ministros turcos. Bruselas también reprendió con suma dureza a Ankara: la Comisión Europea hizo un llamamiento a Erdogan para que evite acciones y declaraciones subidas de tono, que puedan “agravar la situación”. Pero eso es exactamente lo que hizo Erdogan: amenazó con represalias a Holanda, atacó a Alemania y aseguró que revisará el pacto migratorio con Europa.
El viceprimer ministro turco, Numan Kurtulmus,anunció este lunes la suspensión de las relaciones oficiales con Holanda a nivel ministerial, de primeros ministros y de jefes de Estado en represalia por el veto holandés a un acto con dos ministros turcos previsto para el sábado en Róterdam. Kurtulmus explicó que no aceptarán una representación de Holanda en Ankara , por lo que continuará a nivel de encargado de negocios, como hasta ahora. Igualmente, el viceprimer ministro ha indicado el veto a todo vuelo diplomático holandés. Estas medidas estarán en vigor hasta que Holanda "arregle lo que ha hecho". "Espero que estas medidas ayuden a Holanda a dar marcha atrás en sus errores", apuntó Kurtulmus.
Turquía es un avispero desde el golpe fallido de julio del año pasado, que dejó 241 muertos y supuso un punto de inflexión en la historia política reciente del país. Erdogan impuso el Estado de emergencia durante meses. Gobierna a golpe de decreto ley. Ha metido mano en el ejército, la policía, el sistema judicial, la educación, la administración, los medios de comunicación —con el reciente arresto de un periodista alemán— e incluso la comunidad empresarial. Ha despedido a 130.000 personas y ha detenido a más de 90.000, según Amnistía Internacional. Y ha puesto en marcha una reforma constitucional que sustituye la democracia parlamentaria por un régimen presidencialista con tintes autocráticos, según recordó ayer mismo el Consejo de Europa.
Erdogan vive en un estado de excepción permanente, en medio de un nerviosismo por su futuro político que se traslada a sus relaciones con Europa. Consciente de que puede perder el plebiscito —como le pasó al sanguinario Pinochet en 1988—, dejará votar a los emigrantes y de ahí que haya enviado a sus ministros en busca de apoyos por toda Europa. Holanda le cerró las puertas alegando problemas de seguridad, ante la cercanía de sus propias elecciones. La escalada dialéctica no ha cesado desde entonces y ha incluido manifestaciones violentas en Róterdam durante el fin de semana. Pero Alemania, Suecia, Suiza, Bélgica, Dinamarca y Austria tampoco quieren actos públicos relacionados con el referéndum turco.
Todo eso ha sacado de sus casillas a Erdogan, a quien las soflamas nacionalistas y los ataques a Europa le vienen estupendamente de cara al referéndum. Lo mismo ocurre en Holanda, con una dureza que está oscuramente relacionada con el auge de la extrema derecha. En medio de esos cálculos politicoides está Europa: Erdogan amenaza con “revisar” el acuerdo migratorio con la UE, según el ministro de Asuntos Europeos, Ömer Çelik, algo que podría cambiar por completo el escenario electoral continental.
Turquía acoge a dos millones de refugiados sirios. Berlín y Bruselas se avinieron a pactar con el diablo para reducir el flujo de migrantes y lograr así cierta paz electoral en Holanda, Francia y Alemania. Pero Erdogan ha dado en los últimos días la penúltima muestra de que es un socio poco fiable. En los pasillos de Bruselas se habla de “postureo”, tanto en Ámsterdam como en Ankara, pero aún resuenan los “ecos del nazismo” que el presidente turco achacó el domingo al Gobierno holandés de Mark Rutte. Los mapas dicen que el 3% del territorio turco está en Europa: ese porcentaje parece haber empequeñecido en los últimos días.

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EL PAÍS | El secretario de Estado de Trump se vuelve invisible > No contesta preguntas de periodistas, no se sabe qué piensa sobre los temas más calientes y en algunas visitas oficiales ni siquiera aparece | JAN MARTÍNEZ AHRENS Washington 12 marzo, 2017


El secretario de Estado, Rex Tillerson, en el su despacho. REUTERS
La Casa Blanca tiene un ministro fantasma. Es el secretario de Estado, Rex Tillerson, un peso pesado de la política mundial, pero cuyo perfil es tan difuso que a veces roza la invisibilidad. No contesta preguntas de periodistas, no se sabe qué piensa sobre algunos de los temas más calientes y en destacadas visitas oficiales (Japón, Israel y Canadá) ni siquiera ha hecho aparición. Para muchos ha sido aplastado por la maquinaria de la Casa Blanca, como demostraría el recorte del 37% de su presupuesto o el rechazo presidencial a su candidato a vicesecretario. Otros aseguran que, en el carrusel de la Administración Trump, es simplemente prudente y aguarda su momento. “No se sabe cuál es su postura en muchos grandes temas, y aún se está a la espera de que se dé a conocer. Hay bastante desconcierto en el Departamento de Estado”, dice una fuente diplomática europea.
Pocas veces había ocurrido. El secretario de Estado es por definición uno de los hombres fuertes del presidente. Alguien que deja su impronta para la historia. Habla alto y envía señales nítidas al planeta. George Marshall, Henry Kissinger, Madeleine Albright o Hillary Clinton han formado parte de esta constelación de cancilleres. El caso de Tillerson, de 64 años, ha tomado de momento otro derrotero. “Si los mensajes de Trump son confusos, los de Tillerson son prácticamente inexistentes”, ha escrito en The New York Times la analista Carol Giacomo. ¿Ha sido marginado el Departamento de Estado? se preguntaba hace dos semanas en un editorial The Washington Post.
A diferencia de la mayoría de sus antecesores, con fuertes trayectorias políticas, Tillerson procede del mundo de la empresa. Durante 41 años trabajó para la petrolera Exxon Mobil. Allí alcanzó la cumbre ejecutiva y acumuló una fortuna de 400 millones de dólares. Su destino declarado era retirarse en primavera de este año y disfrutar de su rancho en Texas. Nadie había pensado en él para un cargo de la máxima responsabilidad, hasta que Donald Trump le hizo la oferta. Él mismo dudó, pero fue su esposa quien, según su propio relato, le despejó las brumas. “Durante 41 años has estado en un programa de entrenamiento para este puesto”, le dijo.
Su nombramiento fue bien recibido. Hombre templado, negociador hábil y acostumbrado a diseñar proyectos a largo plazo, su personalidad rompía con las estridencias de los asesores más belicosos de Trump. Nada que ver con el estratega jefe, Steve Bannon, o el ya defenestrado consejero de seguridad nacional, Michael Flynn. Frente a este núcleo islamófobo y radical, se pensó que su llegada daría sentido común a la política exterior estadounidense. Pero después de 50 días de Gobierno Trump, los resultados son parcos y su presencia casi nula.
Las razones de esta desaparición son desconocidas. Hay quienes piensan que simplemente ha sido ensombrecido por el vendaval Trump. Silencioso y poco dado a la ostentación, Tillerson habría quedado opacado por las ráfagas de tuits, declaraciones intempestivas y gestos que han convertido la Casa Blanca en un bombo ruidoso e impreciso.
Otros analistas indican que se le ha orillado conscientemente y que, sin habilidad para la lucha palaciega, se ha quedado fuera de juego. Como prueba de esta hipótesis aportan dos hechos contundentes: el anunciado recorte del 37% del presupuesto de su departamento a favor del aumento del gasto militar. Y la derrota que sufrió cuando el veterano diplomático Elliott Abrams, su candidato para el puesto de vicesecretario, fue rechazado a cajas destempladas por Trump al descubrir que le había criticado durante la campaña electoral.
En este tira y afloja su aversión a la prensa le ha ayudado bien poco. No sólo retiró durante casi mes y medio las tradicionales reuniones diarias con los medios, sino que se ha destacado por no responder preguntas de periodistas e incluso ha decidido llevar a cabo viajes estratégicos, como el de esta semana a Japón, Corea de Sur y China, sin informadores en el avión oficial. Algo inédito y que la ha granjeado críticas de los grandes medios.
Aún más llamativa fue su ausencia de las visitas de los jefes de Gobierno de Japón, Israel y Canadá. E incluso su escaso perfil en asuntos tan espinosos como las negociaciones con México. Así ocurrió este jueves con el viaje del canciller mexicano, Luis Videgaray, a Washington para tratar los últimos vaivenes en materia fronteriza. En la capital fue recibido por el consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, y el asesor y yerno del presidente, Jared Kushner. Cuando se le preguntó al Departamento de Estado por qué no había acudido, la respuesta del portavoz oficial fue que desconocían la visita.

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